EL
CAMELLO
A las dos y diecisiete de la
madrugada, el móvil ilumina la mesita de noche como un confesionario barato. No
suena. Respira. Eso hacen ahora los teléfonos: no te llaman, pero respiran
cerca, para que no olvides quién manda.
Yo también respiro, aunque
peor.
En la cocina hay una copa con
dos dedos de vino, un plato con restos de queso seco y una dignidad que dejé
hace meses entre las sábanas de un hombre que nunca se quedaba a dormir. Decía
que madrugaba. Hay gente que llama trabajo a cualquier cobardía.
No era el único. Antes de él
hubo otro que solo aparecía cuando su matrimonio se le hacía estrecho, otro que
me trataba como una pausa higiénica entre dos fracasos, otro que me hablaba de
su infancia rota mientras me desabrochaba la blusa. Yo, en lugar de salir
corriendo, abría más la puerta. Qué talento el mío para confundir una herida
con una invitación.
Durante años pensé que mi
problema era el sexo. Luego creí que era el amor. Más tarde descubrí que no: mi
verdadera especialidad era la espera. Esa gimnasia obscena de mirar la
pantalla, justificar silencios, rebajarme el alma para que cupiera en el deseo
escaso de otro. El cuerpo, al final, era solo la coartada. Lo adictivo no era
acostarme con alguien. Lo adictivo era sentir que, por unas horas, dejaba de
sobrarme la vida.
Hay quien bebe. Hay quien
apuesta. Yo me enamoraba del hombre equivocado con una disciplina casi
funcionarial.
Lo peor no era sufrir. Lo peor
era la épica. Nos han vendido que amar mucho tiene algo noble, algo de
incendio, algo de película con lluvia. Y no. A veces no es amor, ni pasión, ni
destino. A veces es solo una forma elegante de arrastrarse. Una dependencia con
perfume, una abstinencia con labios, una jaula tapizada de frases hermosas.
El móvil vibra por fin.
No es él. Es la compañía
telefónica recordándome que mañana vence un recibo.
Me echo a reír. Una risa fea,
sola, pero limpia. Por primera vez en mucho tiempo nadie viene a salvarme, ni a
usarme, ni a desordenarme la cama. Por primera vez la noche no promete nada. Y
quizá por eso, precisamente por eso, empieza a parecerse un poco a la paz.
Apago la pantalla.
En la cocina, el vino sigue
ahí. También mi cuerpo. También yo.
Y de pronto entiendo algo
miserable y precioso: curarse no siempre consiste en dejar de amar, sino en
dejar de llamar amor a lo que te vacía.
«La contaminación del medio
ambiente no es más que el efecto tardío de una contaminación del alma humana.»
(Hosein Nasr filósofo nacido el 7 de abril de 1933 en algún lugar de Irán y que
hoy celebra su 93 aniversario a salvo de los misiles)
Hoy Anne-Marie cumple 35 años pero tiene verdadera fijación en el 2002; algo debió pasarle cuando tenía 11 añitos y no nos lo canta en la canción del vídeo.
L’any que encara sua
Al bar on ara serveixen cafè
d’especialitat i decepcions adultes, ella va riure igual que als disset. No
millor: igual. Va ser això el que em va destrossar una mica. La cançó va entrar
per la porta com una exnòvia sense demanar permís, i de cop el 2002 no era una
data, sinó una olor de carrer calent, uns genolls sense por i aquella manera
ridícula de creure que besar algú podia arreglar-te la vida. Ens vam mirar dos
segons. Després vam brindar com fan els covards: celebrant el passat perquè el
present no s’atreveix.

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