EL
COLOR DE LLEGAR

El
abuelo Julián salía cada tarde al descampado de las afueras cuando el sol
empezaba a retirarse del pueblo. No decía “vamos a ver el atardecer”, como
dicen ahora en las redes. Decía: “vamos un momento”, como si fuese a saludar a
alguien.
Lucía
lo acompañaba a veces. Bajaba con el móvil en la mano, los auriculares al
cuello y esa mezcla de desgana y prisa que tienen los jóvenes cuando aún no
saben que el tiempo también se gasta por dentro.
—¿Qué
miras tanto, abuelo?
Julián
tardó en contestar. Delante de ellos, el cielo cambiaba de color sin pedir
permiso: un resto de oro, una mancha violeta, un rojo que ya empezaba a doler
un poco.
—Miro
cómo se va el día —dijo—. Hay gente que no sabe irse ni cuando le toca. El día
sí.
Lucía
hizo una foto casi sin ganas. Guardó aquella imagen con el mismo descuido con
que se guardan las cosas que todavía no significan nada. Luego volvió a su
vida, que era rápida, urgente, llena de cosas pequeñas que entonces parecían
enormes.
Pasaron
los años. Murió el abuelo. Llegaron otras tardes, otras pérdidas, otras formas
más discretas de cansancio. Y una mañana, delante del espejo, Lucía se vio una
arruga junto al ojo. No era gran cosa. Apenas una línea. Pero estaba ahí, como
una firma.
Esa
noche buscó no sabía muy bien qué en el teléfono viejo y encontró la foto.
El
cielo seguía ardiendo en silencio. También seguía allí, debajo de la imagen, la
letra temblona del abuelo:
“Lo
triste no es hacerse mayor. Lo triste sería no haber tenido tiempo para
llegar.”
«Te
vas durante mucho tiempo y regresas siendo otra persona; nunca vuelves del
todo.» (Paul Theroux nacido el 10 de abril de 1941 y al que felicito hoy por su
cumpleaños es el autor de la frase. Viaja o viajaba mucho y escribía sobre
ello. Seguro que, como yo, estuvo de safari -fotográfico- en algún lugar del
África profunda y por eso escribió “La costa de los mosquitos”. Y tiene razón
en que viajar te cambia, África tiene un especial influjo… al menos en mi)
Eddie Hazel hubiese cumplido hoy 76 años. Se quedó en los 42 y no sé si llegó a saber que su papá no era un rolling stone aunque él insistía en ello.
Herència
Al
meu pare només li quedava l’ombra: entrava al barri amb sabates lluents,
prometia diumenges, deixava fum. La mare no deia “ha marxat”; deia “ja tornarà
a necessitar-nos”, com qui anuncia pluja bruta. Quan va morir, els veïns van
inventariar les seves conquestes, els seus deutes, els seus vestits. Jo només
vaig heretar una manera de marxar abans que m’estimin massa. Anys després,
mirant el meu fill dormir, vaig entendre l’ofici miserable dels homes absents:
primer excusa, després llegenda, al final coartada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario