jueves, 9 de abril de 2026

 

LOS EXTRATERRESTRES NO BAJAN A LA COCINA

Me vendieron la experiencia como quien vende una escapada de lujo con suplemento metafísico: cuatro días en una isla, comida orgánica, sábanas blancas, respiración consciente, médicos sonrientes y la posibilidad nada despreciable de mantener una conversación seria con inteligencias no humanas.

Yo fui por una razón bastante menos elegante.

Quería preguntarle a alguien —a lo que fuera— en qué momento una mujer deja de quererte sin dejar de saber dónde guardas los calcetines de invierno.

Mi ex no estaba muerta, que conste. Eso habría simplificado el drama y habría dado al asunto una dignidad de novela rusa. No. Estaba viva, trabajando, saliendo a correr por las tardes, supongo que riéndose a veces, pagando impuestos y siguiendo con su vida con esa eficacia ofensiva de algunas personas. Lo único que había muerto era lo nuestro. Y ni siquiera de golpe. Lo nuestro no tuvo entierro. Tuvo desgaste, que es una forma administrativa de la tragedia.

En el centro me pusieron una bata color arena, una pulsera con mi nombre y una malla de electrodos en la cabeza que me daba un aire entre santo de extrarradio y pollo listo para entrar en el horno. La doctora, una mujer joven con voz de hotel caro, me explicó el procedimiento mientras me acariciaba el brazo con la precisión emocional de quien ya ha cobrado.

—Puede que vea entidades —dijo—. Intente no resistirse.

—Llevo años sin resistirme a casi nada —le contesté.

Ella sonrió sin entender si bromeaba o pedía auxilio.

El suero empezó a bajar por el tubo con esa parsimonia ofensiva que tienen las cosas importantes cuando aún no han sucedido. Durante unos segundos no pasó nada. Luego pasó todo.

No sabría explicarlo sin quedar como un idiota, que supongo que es la forma más honesta de contar ciertas experiencias. El techo se abrió sin abrirse. La habitación se plegó como una servilleta mal doblada. El aire adquirió textura. No textura de aire, sino de pensamiento. Y entonces aparecieron.

No eran los marcianitos de mi infancia ni los ángeles de las estampitas ni los monstruos que uno espera cuando se mete algo fuerte en el cuerpo. Eran otra cosa. Figuras cambiantes, veloces, con un brillo indecente. Tenían algo de insecto de lujo, algo de cirujano barroco, algo de juguete sagrado. Eran absurdos y solemnes a la vez, como casi todo lo que da miedo de verdad.

Me rodearon sin tocarme. O tocándome de una forma que no era táctil. Uno de ellos —si es que aquello podía llamarse uno— se colocó frente a mí y me inspeccionó con una atención casi médica. Sentí vergüenza. No por estar allí, drogado, con una vía en el brazo y una bata ridícula. Vergüenza de la otra: la de sentirse leído.

—Has venido a preguntar por el amor —dijo.

No movió la boca. Quizá no tenía. Pero lo oí con una claridad humillante.

—He venido a entender —respondí, o creí responder.

Entonces ocurrió algo peor que el miedo: se rieron. No con crueldad. Con una especie de compasión divertida, como si acabaran de escuchar a un niño afirmar muy serio que ha perdido el mar en un cubo.

A mi alrededor empezaron a desfilar escenas. No imágenes grandiosas del origen del universo ni fórmulas secretas ni ciudades imposibles. Mi cocina. El pasillo de casa. Su espalda frente al armario. Una taza con un resto de café seco. La frase “ya hablaremos” flotando durante meses entre dos personas que ya no sabían hablar. La veía doblar una camiseta. Yo la veía desde una puerta sin entrar del todo. Lo peor no era recordar. Lo peor era entender la cantidad de veces que había estado allí sin estar.

—Querías contactar con inteligencias superiores —dijo la entidad.

—Sí.

—Y no supiste sostener una inteligencia igual a la tuya sentada al borde de tu cama.

Eso dolió más que la aguja.

Intenté defenderme. Dije que yo había querido. Dije que hice lo que pude. Dije que nadie nos enseña. Dije lo que dicen los hombres cuando todavía quieren parecer dignos delante de lo incomprensible.

Las figuras siguieron moviéndose a mi alrededor como si montaran y desmontaran el decorado de mi vida.

—Confundís misterio con distancia —dijeron—. Os fascina lo extraterrestre porque apenas sabéis mirar lo terrestre. Queréis hablar con seres de otras dimensiones y no soportáis cinco minutos de silencio verdadero en una mesa de comedor.

Vi entonces algo que no esperaba: a mi ex buscándose las gafas. Las llevaba puestas en la cabeza. Era una escena mínima, ridícula, doméstica. Una de las miles que forman una vida con alguien y que uno desprecia por pequeñas, como si el amor tuviera que manifestarse siempre con música de fondo y no con esos gestos tontos que se repiten hasta volverse invisibles. Yo, en la visión, levantaba un dedo y le señalaba las gafas. Ella se echaba a reír.

La risa me atravesó como una noticia atrasada.

—¿Sois reales? —pregunté.

No sé por qué esa fue la pregunta. Supongo que la cobardía siempre busca una salida técnica.

La respuesta llegó enseguida.

—Lo bastante.

Desperté con la garganta seca y la sensación de haber regresado de un sitio que no figuraba en ningún mapa pero estaba sospechosamente cerca de mi fregadero.

La doctora estaba a mi lado con una libreta. Un hombre con barba revisaba gráficas en una pantalla. Parecían decepcionados de que yo hubiera vuelto con cara de viudo funcional y no de profeta.

—¿Ha habido contacto? —preguntó ella.

Miré el techo blanco. Miré la vía en mi brazo. Miré mis manos de hombre corriente, que seguían siendo mis manos a pesar del viaje.

—Sí —dije.

—¿Y qué le han dicho?

Pensé en contarles la verdad. Decirles que no había descubierto ninguna civilización avanzada, que el universo, cuando quiere humillar a un hombre, no le enseña galaxias: le enseña su cocina. Que a veces la entidad no humana más difícil de comprender no viene de otra dimensión, sino de esa parte de uno mismo que lleva años haciéndose el sordo.

Pero no dije eso.

Dije:

—Que hablar con los aliens es fácil. Lo difícil era hablar con mi mujer.

La doctora anotó algo. El de la barba me miró como se mira a los pacientes que no rentabilizan del todo el milagro.

Aquella tarde, ya vestido y sobrio, me senté frente al mar con el móvil en la mano. Tardé veinte minutos en decidirme y otros diez en encontrar una frase que no sonara a recaída ni a cobardía tardía. Al final le escribí solo esto:

“Hoy he ido muy lejos para entender una cosa bastante cercana. Perdona lo que no supe ver mientras estaba delante.”

No me contestó.

Y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que el silencio viniera del espacio exterior.

«No perdamos de vista que, entre la autoridad prácticamente indispensable para todo gobierno y la libertad legítimamente reivindicada por los pueblos y los individuos, la medida exacta es muy difícil de trazar y de conservar.» (Es difícil encontrar a alguien que abiertamente practique o ni tan siquiera diga lo expresado en la frase. Un@s tildarán de fascistas a l@s que prediquen la autoridad como medida de seguridad, física y jurídica. L@s otr@s llamarán comunistas o ultraizquierda a l@s reclamantes de libertades. Fue Léon Blum político socialista el autor de la frase; claro que él la escribió más allá del 9 de abril de 1872 día de su nacimiento)

Carl Perkins hace ya unos cuantos años que no está entre nosotr@s (28) aunque bien podría haber estado, cumpliría 92. Todo ello para decir que la canción que canta en el vídeo no sólo ha cumplido más años de permanencia que él, sino los muchos que le quedan. Los zapatos de color azul hace mucho que están de moda.

La dignitat del peu

Va entrar al bar com si el món li degués respecte i una cadira lliure. No era guapo, ni ric, ni gaire llest. Però duia unes sabates blaves que brillaven com una promesa absurda. Ningú no el mirava fins que una dona li va trepitjar la punta sense voler. Ell va apartar el peu com qui salva l’última cosa decent de la seva vida. Aleshores ho vaig entendre: hi ha gent que no defensa l’amor, ni la feina, ni la fe. Defensa només allò que encara no li han trepitjat.


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