LOS
EXTRATERRESTRES NO BAJAN A LA COCINA

Me vendieron la experiencia
como quien vende una escapada de lujo con suplemento metafísico: cuatro días en
una isla, comida orgánica, sábanas blancas, respiración consciente, médicos
sonrientes y la posibilidad nada despreciable de mantener una conversación
seria con inteligencias no humanas.
Yo fui por una razón bastante
menos elegante.
Quería preguntarle a alguien
—a lo que fuera— en qué momento una mujer deja de quererte sin dejar de saber
dónde guardas los calcetines de invierno.
Mi ex no estaba muerta, que
conste. Eso habría simplificado el drama y habría dado al asunto una dignidad
de novela rusa. No. Estaba viva, trabajando, saliendo a correr por las tardes,
supongo que riéndose a veces, pagando impuestos y siguiendo con su vida con esa
eficacia ofensiva de algunas personas. Lo único que había muerto era lo
nuestro. Y ni siquiera de golpe. Lo nuestro no tuvo entierro. Tuvo desgaste,
que es una forma administrativa de la tragedia.
En el centro me pusieron una
bata color arena, una pulsera con mi nombre y una malla de electrodos en la
cabeza que me daba un aire entre santo de extrarradio y pollo listo para entrar
en el horno. La doctora, una mujer joven con voz de hotel caro, me explicó el
procedimiento mientras me acariciaba el brazo con la precisión emocional de
quien ya ha cobrado.
—Puede que vea entidades
—dijo—. Intente no resistirse.
—Llevo años sin resistirme a
casi nada —le contesté.
Ella sonrió sin entender si
bromeaba o pedía auxilio.
El suero empezó a bajar por el
tubo con esa parsimonia ofensiva que tienen las cosas importantes cuando aún no
han sucedido. Durante unos segundos no pasó nada. Luego pasó todo.
No sabría explicarlo sin
quedar como un idiota, que supongo que es la forma más honesta de contar
ciertas experiencias. El techo se abrió sin abrirse. La habitación se plegó
como una servilleta mal doblada. El aire adquirió textura. No textura de aire,
sino de pensamiento. Y entonces aparecieron.
No eran los marcianitos de mi
infancia ni los ángeles de las estampitas ni los monstruos que uno espera
cuando se mete algo fuerte en el cuerpo. Eran otra cosa. Figuras cambiantes,
veloces, con un brillo indecente. Tenían algo de insecto de lujo, algo de
cirujano barroco, algo de juguete sagrado. Eran absurdos y solemnes a la vez,
como casi todo lo que da miedo de verdad.
Me rodearon sin tocarme. O
tocándome de una forma que no era táctil. Uno de ellos —si es que aquello podía
llamarse uno— se colocó frente a mí y me inspeccionó con una atención casi
médica. Sentí vergüenza. No por estar allí, drogado, con una vía en el brazo y
una bata ridícula. Vergüenza de la otra: la de sentirse leído.
—Has venido a preguntar por el
amor —dijo.
No movió la boca. Quizá no
tenía. Pero lo oí con una claridad humillante.
—He venido a entender
—respondí, o creí responder.
Entonces ocurrió algo peor que
el miedo: se rieron. No con crueldad. Con una especie de compasión divertida,
como si acabaran de escuchar a un niño afirmar muy serio que ha perdido el mar
en un cubo.
A mi alrededor empezaron a
desfilar escenas. No imágenes grandiosas del origen del universo ni fórmulas
secretas ni ciudades imposibles. Mi cocina. El pasillo de casa. Su espalda
frente al armario. Una taza con un resto de café seco. La frase “ya hablaremos”
flotando durante meses entre dos personas que ya no sabían hablar. La veía
doblar una camiseta. Yo la veía desde una puerta sin entrar del todo. Lo peor
no era recordar. Lo peor era entender la cantidad de veces que había estado
allí sin estar.
—Querías contactar con
inteligencias superiores —dijo la entidad.
—Sí.
—Y no supiste sostener una
inteligencia igual a la tuya sentada al borde de tu cama.
Eso dolió más que la aguja.
Intenté defenderme. Dije que
yo había querido. Dije que hice lo que pude. Dije que nadie nos enseña. Dije lo
que dicen los hombres cuando todavía quieren parecer dignos delante de lo
incomprensible.
Las figuras siguieron
moviéndose a mi alrededor como si montaran y desmontaran el decorado de mi
vida.
—Confundís misterio con
distancia —dijeron—. Os fascina lo extraterrestre porque apenas sabéis mirar lo
terrestre. Queréis hablar con seres de otras dimensiones y no soportáis cinco
minutos de silencio verdadero en una mesa de comedor.
Vi entonces algo que no
esperaba: a mi ex buscándose las gafas. Las llevaba puestas en la cabeza. Era
una escena mínima, ridícula, doméstica. Una de las miles que forman una vida
con alguien y que uno desprecia por pequeñas, como si el amor tuviera que manifestarse
siempre con música de fondo y no con esos gestos tontos que se repiten hasta
volverse invisibles. Yo, en la visión, levantaba un dedo y le señalaba las
gafas. Ella se echaba a reír.
La risa me atravesó como una
noticia atrasada.
—¿Sois reales? —pregunté.
No sé por qué esa fue la
pregunta. Supongo que la cobardía siempre busca una salida técnica.
La respuesta llegó enseguida.
—Lo bastante.
Desperté con la garganta seca
y la sensación de haber regresado de un sitio que no figuraba en ningún mapa
pero estaba sospechosamente cerca de mi fregadero.
La doctora estaba a mi lado
con una libreta. Un hombre con barba revisaba gráficas en una pantalla.
Parecían decepcionados de que yo hubiera vuelto con cara de viudo funcional y
no de profeta.
—¿Ha habido contacto?
—preguntó ella.
Miré el techo blanco. Miré la
vía en mi brazo. Miré mis manos de hombre corriente, que seguían siendo mis
manos a pesar del viaje.
—Sí —dije.
—¿Y qué le han dicho?
Pensé en contarles la verdad.
Decirles que no había descubierto ninguna civilización avanzada, que el
universo, cuando quiere humillar a un hombre, no le enseña galaxias: le enseña
su cocina. Que a veces la entidad no humana más difícil de comprender no viene
de otra dimensión, sino de esa parte de uno mismo que lleva años haciéndose el
sordo.
Pero no dije eso.
Dije:
—Que hablar con los aliens es
fácil. Lo difícil era hablar con mi mujer.
La doctora anotó algo. El de
la barba me miró como se mira a los pacientes que no rentabilizan del todo el
milagro.
Aquella tarde, ya vestido y
sobrio, me senté frente al mar con el móvil en la mano. Tardé veinte minutos en
decidirme y otros diez en encontrar una frase que no sonara a recaída ni a
cobardía tardía. Al final le escribí solo esto:
“Hoy he ido muy lejos para
entender una cosa bastante cercana. Perdona lo que no supe ver mientras estaba
delante.”
No me contestó.
Y, sin embargo, por primera
vez en mucho tiempo, no sentí que el silencio viniera del espacio exterior.
«No perdamos de vista que,
entre la autoridad prácticamente indispensable para todo gobierno y la libertad
legítimamente reivindicada por los pueblos y los individuos, la medida exacta
es muy difícil de trazar y de conservar.» (Es difícil encontrar a alguien que
abiertamente practique o ni tan siquiera diga lo expresado en la frase. Un@s tildarán
de fascistas a l@s que prediquen la autoridad como medida de seguridad, física
y jurídica. L@s otr@s llamarán comunistas o ultraizquierda a l@s reclamantes de
libertades. Fue Léon Blum político socialista el autor de la frase; claro que él
la escribió más allá del 9 de abril de 1872 día de su nacimiento)
Carl Perkins hace ya unos cuantos años que no está entre nosotr@s (28) aunque bien podría haber estado, cumpliría 92. Todo ello para decir que la canción que canta en el vídeo no sólo ha cumplido más años de permanencia que él, sino los muchos que le quedan. Los zapatos de color azul hace mucho que están de moda.
La dignitat del peu
Va entrar al bar com si el món
li degués respecte i una cadira lliure. No era guapo, ni ric, ni gaire llest.
Però duia unes sabates blaves que brillaven com una promesa absurda. Ningú no
el mirava fins que una dona li va trepitjar la punta sense voler. Ell va
apartar el peu com qui salva l’última cosa decent de la seva vida. Aleshores ho
vaig entendre: hi ha gent que no defensa l’amor, ni la feina, ni la fe. Defensa
només allò que encara no li han trepitjat.
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