sábado, 25 de abril de 2026

 

LA LUZ QUE SOBRA


La primera vez que vi a Elisa estaba discutiendo con un bodegón.

No con el pintor, que llevaba muerto lo suficiente como para no poder defenderse, sino con el cuadro. Ella, plantada frente a una mesa pintada hacía siglo y medio, decía en voz baja pero con una firmeza de mujer acostumbrada a llevarse la contraria hasta a las cosas mudas:

—Esa pera no está triste. Está harta.

Yo estaba allí por error, que es una manera muy digna de entrar en algunos sitios. Había acompañado a mi hija a una exposición en el museo porque ella tenía una reunión después y necesitaba que le cuidara el abrigo, el bolso y supongo que una parte de su mala conciencia filial. A mis sesenta y dos años, yo seguía pensando que los museos eran lugares donde uno iba a confirmar que no entendía nada delante de personas que fingían entenderlo todo.

Pero aquella mujer me hizo gracia.

Llevaba el pelo blanco recogido de cualquier manera, un abrigo azul oscuro y unas botas sensatas, de esas que no prometen nada y luego te llevan lejos. No era guapa en el sentido idiota en que se usa esa palabra. Era mejor: tenía una cara donde habían pasado cosas. Una cara con invierno, con ironía, con alguna noche mal dormida y una boca viva, todavía dispuesta a reírse del mundo antes de que el mundo se riera de ella.

Me acerqué con esa prudencia del hombre que ya ha hecho bastante el ridículo en la vida y no necesita batir su propia marca.

—Perdone —le dije—. Yo de peras sé poco, pero hartas parecen muchas.

Ella me miró de arriba abajo. No con desprecio. Con evaluación. Como si estuviera pensando si yo era un imbécil completo o solo parcial.

—La mayoría de los hombres —dijo— creen que en los cuadros hay que buscar belleza. Yo busco fatiga.

—Entonces está usted en el siglo correcto.

Se echó a reír. Una risa breve, limpia, sin coqueteo. Casi un accidente. Luego volvió a mirar el cuadro como si el cuadro también hubiera oído la conversación y quisiera opinar.

Nos encontramos otra vez dos jueves después. Ya no por error. Yo había regresado al museo con la excusa miserable de ver una sala que me había quedado pendiente. Era mentira. Lo que me había quedado pendiente era ella. Y allí estaba, sentada en un banco, frente a una mujer desnuda pintada por alguien que seguramente tuvo mucho talento y una vida amorosa insoportable.

—Hoy no discute con la fruta —le dije.

—Hoy vengo a por la carne —respondió.

Me senté a su lado.

A esa edad uno ya no pregunta ciertas cosas de entrada. No pregunta si vive sola, si enviudó, si la dejó alguien, si tiene hijos, si le duele la rodilla cuando cambia el tiempo o si alguna vez la besaron como debía. Primero habla del cuadro. Luego del frío. Luego de un café. Y, si hay suerte, de la vida.

Con Elisa ocurrió así. El café fue en la cafetería del museo, que era cara y mala, como casi todas las cosas que se ponen de moda. Ella pidió té. Yo café solo. Hablamos del cuadro, de Barcelona, de por qué la gente baja la voz en los museos como si el arte estuviera convaleciente. Me dijo que había dado clase de literatura en un instituto durante treinta y ocho años. Yo le conté que había trabajado media vida entre papeles, convenios, despidos y reuniones que parecían escritas por un enemigo del ser humano. Ella levantó una ceja.

—Entonces usted viene del arte contemporáneo de verdad.

A partir de ahí fue fácil.

Nos vimos algunos jueves más. Luego también un martes. Después un domingo por la mañana. La ciudad, que a veces solo sirve para llegar tarde, empezó a regalarnos pequeñas costumbres: un vermú en una terraza discreta, un paseo por librerías, una exposición absurda que criticábamos con entusiasmo, una cena donde ella me confesó que llevaba siete años sola y que la soledad al principio le había parecido una habitación enorme y luego una vajilla: acabas usándola sin pensar demasiado.

Yo le dije que mi matrimonio había durado veintinueve años y que no terminó con un portazo ni con una infidelidad cinematográfica, sino con ese desgaste vulgar que tienen las cosas importantes cuando nadie las limpia a tiempo. Se quedó callada. No por juicio. Por delicadeza. Después me tocó la mano como quien corrige apenas una arruga en una camisa.

Aquel gesto me desordenó más que muchos cuerpos enteros.

Fue en febrero cuando subimos por primera vez a su casa. Había cuadros por todas partes. No cuadros caros ni famosos. Cuadros pintados por ella. Algunos eran buenos. Otros querían serlo. Todos tenían algo que se parecía demasiado a una respiración.

—Empecé a pintar tarde —me dijo—. A los cincuenta y ocho.

—Hay gente que empieza a vivir más tarde.

—Y hay gente que muere años antes de enterrarse.

No respondí. Ella tampoco parecía necesitar respuesta. Encendió una lámpara pequeña del salón. La luz le cayó en la clavícula, en la base del cuello, en esa zona donde la edad no resta erotismo: lo afina. Me acerqué. No con hambre. Con una especie de respeto tembloroso. Como si fuera a tocar por primera vez una obra frágil que, sin embargo, llevaba décadas resistiendo.

Nos besamos.

No fue un beso joven. Gracias a Dios. No tuvo prisa, ni exhibición, ni ese entusiasmo gimnástico que tanto prestigio tiene y tan poco sentido suele dejar. Fue un beso adulto, que viene con memoria, con miedo, con deseo y con la sospecha de que ya no estamos para fingir eternidades pero sí para reconocer un instante cuando vale la pena.

Después, al apartarse, Elisa sonrió.

—¿Ves? —dijo—. Al final la pera no estaba triste.

—No. Solo esperaba la luz correcta.

Ahora hace casi un año de aquello. Los jueves seguimos yendo al museo. A veces miramos cuadros. A veces nos miramos nosotros, que tampoco está mal como disciplina artística. Yo sigo sin entender muchas obras. Ella dice que no hace falta entenderlo todo, que la mitad de la belleza consiste en quedarse un rato delante de algo sin dominarlo.

Supongo que con el amor pasa parecido.

A nuestra edad, enamorarse no tiene la épica de una promesa. Tiene algo mejor: la puntería.

«Cuanto mejor se ata el tiempo a las acciones, mayor claridad tiene la narración.» (Francesco Patrizi nacido el 25 de abril de 1529 vino a decir aquello de que las frases se construyen así: “sujeto, verbo y predicado” de toda la vida. De esta manera las cosas empiezan a ser entendibles)

Paulo Vanzolini que hoy hubiese cumplido 102 años era zoólogo y también se dedicaba a cantar y no precísamente como los cisnes o las ballenas, sino como brasileiro que fue.


La ciutat que no responia

De nit feia la ronda pels carrers, buscant-lo en cada bar com qui busca una moneda dins d’un pou.

Els cambrers ja no preguntaven. Apartaven els gots, les cadires, la llàstima.

Ella mirava les finestres enceses i pensava que l’amor, quan fuig, deixa sempre el llum obert per pura crueltat.

A l’alba tornava sola.

No l’havia trobat mai.

Però la ciutat, de tant veure-la passar, ja havia après a estimar-la una mica.


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