jueves, 23 de abril de 2026

 

SANT JORDI Y OTROS COSMÉTICOS


En Sant Jordi, Barcelona se llena de gente que compra libros con la misma fe con la que otros compran cremas antiedad: no para cambiar de vida, sino para darse una capa de aspecto presentable.

Los ves salir de las paradas con la rosa en una mano y la novela en la otra, felices, civilizados, convencidos de haber hecho algo importante por la humanidad y, sobre todo, por sí mismos. Ese día la idiotez se disfraza de sensibilidad. Hay quien no abre un libro en once meses, pero el 23 de abril se pasea con tapa dura bajo el brazo como quien lleva un carné provisional de persona interesante.

A mí la escena me enternece y me irrita a partes iguales. Porque comprar libros siempre es mejor que comprar humo, eso está claro. El problema es la superstición. Hay demasiada gente que cree que adquirir un libro produce el mismo efecto que leerlo, del mismo modo que colgarse una esterilla del gimnasio no te fortalece los abdominales. El libro, cerrado, no mejora a nadie. Como mucho, decora una mesa, calza un mueble cojo o ayuda a parecer menos bruto en una videollamada.

Leer ya es otra cosa. Leer exige sentarse, callarse, entender lo que uno no quería entender, sospechar de sí mismo, convivir unas horas con ideas ajenas y salir un poco menos encantado con la propia estupidez. Por eso leer cansa. Por eso incomoda. Por eso tanta gente prefiere comprar el libro y dejarlo intacto, como si fuera una reliquia. Hay quien no quiere una novela: quiere la coartada.

Si todo el mundo que compra libros en Sant Jordi se los leyese de verdad, sí, disminuiría el número de idiotas. No desaparecerían, tampoco soñemos. La idiotez es resistente, se adapta, prospera incluso en ambientes cultos. Pero al menos bajaría el censo. Habría menos opinador con frases prestadas, menos fanático con vocabulario de taza, menos imbécil envuelto en papel de regalo.

Lo trágico, o quizá lo cómico, es que muchos seguirán comprando libros para no leerlos y hablando de literatura como quien habla de sexo: con entusiasmo público y una práctica sospechosamente escasa.

Sant Jordi está lleno de libros.

Lo que sigue siendo raro es encontrar lectores.

¡Que tingueu una bona Diada de Sant Jordi!

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