SANT
JORDI Y OTROS COSMÉTICOS
En Sant Jordi, Barcelona se
llena de gente que compra libros con la misma fe con la que otros compran
cremas antiedad: no para cambiar de vida, sino para darse una capa de aspecto
presentable.
Los ves salir de las paradas
con la rosa en una mano y la novela en la otra, felices, civilizados,
convencidos de haber hecho algo importante por la humanidad y, sobre todo, por
sí mismos. Ese día la idiotez se disfraza de sensibilidad. Hay quien no abre un
libro en once meses, pero el 23 de abril se pasea con tapa dura bajo el brazo
como quien lleva un carné provisional de persona interesante.
A mí la escena me enternece y
me irrita a partes iguales. Porque comprar libros siempre es mejor que comprar
humo, eso está claro. El problema es la superstición. Hay demasiada gente que
cree que adquirir un libro produce el mismo efecto que leerlo, del mismo modo
que colgarse una esterilla del gimnasio no te fortalece los abdominales. El
libro, cerrado, no mejora a nadie. Como mucho, decora una mesa, calza un mueble
cojo o ayuda a parecer menos bruto en una videollamada.
Leer ya es otra cosa. Leer
exige sentarse, callarse, entender lo que uno no quería entender, sospechar de
sí mismo, convivir unas horas con ideas ajenas y salir un poco menos encantado
con la propia estupidez. Por eso leer cansa. Por eso incomoda. Por eso tanta
gente prefiere comprar el libro y dejarlo intacto, como si fuera una reliquia.
Hay quien no quiere una novela: quiere la coartada.
Si todo el mundo que compra
libros en Sant Jordi se los leyese de verdad, sí, disminuiría el número de
idiotas. No desaparecerían, tampoco soñemos. La idiotez es resistente, se
adapta, prospera incluso en ambientes cultos. Pero al menos bajaría el censo.
Habría menos opinador con frases prestadas, menos fanático con vocabulario de
taza, menos imbécil envuelto en papel de regalo.
Lo trágico, o quizá lo cómico,
es que muchos seguirán comprando libros para no leerlos y hablando de
literatura como quien habla de sexo: con entusiasmo público y una práctica
sospechosamente escasa.
Sant Jordi está lleno de
libros.
Lo que sigue siendo raro es
encontrar lectores.
¡Que tingueu una bona Diada de
Sant Jordi!

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