domingo, 31 de mayo de 2026

 ¿PARA CUÁNDO EL DÍA MUNDIAL SIN REDES SOCIALES?


Nos vendieron el tabaco como elegancia y las redes sociales como libertad. En ambos casos el truco era el mismo: disfrazar una dependencia de elección personal. Antes el gesto era sacar un cigarrillo, llevarlo a la boca, encenderlo con una cierta pose de adulto interesante. Ahora el gesto es sacar el móvil, bajar el dedo, entrar en la pantalla con la misma liturgia triste del que busca algo y casi nunca sabe qué. Cambia el objeto, pero no la ceremonia. Cambia la época, pero no la trampa.

El tabaco dejaba olor en la ropa, en los dedos, en las cortinas, en los pulmones. Las redes sociales dejan otro tipo de humo: ansiedad, comparación, necesidad de aprobación, miedo a desaparecer si nadie te mira. Uno te iba consumiendo el pecho; las otras te van ocupando la cabeza. Uno amarilleaba los dientes; las otras te blanquean la vida hasta volverla irreconocible, como si vivir fuera parecer feliz en lugar de serlo. Ambos negocios entendieron antes que nadie una verdad indecente: el ser humano soporta mal el vacío y paga caro cualquier cosa que le prometa llenarlo.

Durante años, las tabacaleras negaron lo evidente. Dijeron que no había pruebas concluyentes, que la gente fumaba porque quería, que cada uno era dueño de sus vicios. Suena familiar. Hoy las grandes plataformas dicen algo parecido con mejor diseño y peores modales: que ellas solo ofrecen herramientas, que el usuario decide, que la responsabilidad está en el uso. Es una coartada de manual. Como si la máquina tragaperras pudiera declararse inocente porque nadie obliga a meter la moneda. Como si diseñar una dependencia no tuviera nada que ver con que esa dependencia exista.

También hay una coincidencia más incómoda: ambas industrias necesitaron tiempo para normalizar el daño. El tabaco se coló en el cine, en la publicidad, en las sobremesas, en el prestigio. Las redes se han colado en la infancia, en la cama, en el aula, en el tedio, en la autoestima. No entraron por la fuerza; entraron por seducción. Y casi siempre es así como se instalan las cosas que más cuesta expulsar: primero te acompañan, luego te ordenan, al final te administran.

La diferencia quizá sea esta: el fumador acababa sabiendo que fumaba. En cambio, mucha gente entra en las redes convencida de que simplemente se informa, se distrae o se relaciona. No percibe el momento exacto en que deja de usar la herramienta y pasa a ser usada por ella. Con el tabaco el cuerpo avisaba con tos, fatiga, ahogo. Con las redes los síntomas son más silenciosos y por eso más eficaces: incapacidad para aburrirse, atención hecha migas, necesidad constante de estímulo, tristeza sin nombre, irritación, insomnio, esa rara sensación de estar siempre acompañado y cada vez más solo.

Ni el tabaco ni las redes triunfaron solo por el producto. Triunfaron porque entendieron una debilidad humana y construyeron un negocio alrededor. El primero explotó la ansiedad del cuerpo. Las segundas explotan la del alma, que es más rentable y da peor prensa reconocerla. Por eso cuesta tanto discutirlas con honestidad: porque no solo nos perjudican, también nos consuelan. Y uno siempre defiende con una pasión absurda aquello que lo hiere y al mismo tiempo lo calma.

Tal vez el verdadero paralelismo sea ese. No que ambos maten del mismo modo, sino que ambos hicieron fortuna convirtiendo una necesidad humana en dependencia industrial. El tabaco se alimentó del nervio. Las redes, del desamparo. Y en los dos casos hubo una mentira central, repetida hasta el cansancio: que el problema estaba en la debilidad del consumidor y no en la codicia del vendedor.

Hemos tardado décadas en admitir que fumar no era una costumbre inocente envuelta en humo. Ahora empezamos a sospechar que mirar la pantalla tampoco es un gesto neutral envuelto en luz. El cigarrillo prometía calma y dejaba enfermedad. Las redes prometen conexión y a menudo dejan ruido, comparación y hambre de más. No sé si hemos cambiado tanto. Solo hemos sustituido la nicotina por el dedo pulgar. Y seguimos llamando libertad a aquello que, si nos lo quitan, nos pone nerviosos.

«Ahora que ya no estoy, os digo: no fuméis. Hagáis lo que hagáis, no fuméis.» (Yul Brynner Actor ruso-estadounidense, célebre por El rey y yo. Murió de cáncer de pulmón y dejó grabado un anuncio antitabaco que se emitió tras su muerte)

Y el "padre" del fútbol moderno, Johan Cruyff, también nos advirtió. Much@s recordaréis este anuncio.


sábado, 30 de mayo de 2026

 

RECURSO DE AMPARO CONTRA MÍ MISMO


El día que me denuncié a mí mismo, el juzgado ya estaba abierto.

No me sorprendió. Uno, con los años, aprende que los tribunales importantes no cierran nunca. Ni en agosto. Ni los domingos. Ni siquiera cuando uno se toma una copa de vino y decide, con una solemnidad bastante ridícula, que a partir de mañana será una persona distinta.

El mío estaba en el pecho, justo detrás de una costilla que crujía cuando subía escaleras. Tenía sala de vistas, ujier, fiscal, abogado defensor y un juez con cara de haber nacido cansado. Todos se parecían a mí, lo cual facilitaba mucho los trámites y complicaba bastante la esperanza.

—Se abre la sesión —dijo el juez, golpeando la mesa con una cucharilla de café.

Yo estaba sentado en el banquillo. Llevaba el traje oscuro de las ocasiones importantes: entierros, bodas ajenas y reuniones donde uno sabe que le van a pedir algo que no quiere dar.

—Se acusa al procesado —empezó el fiscal— de haber callado cuando debía hablar, de haber hablado cuando debía callar, de haber querido tarde, de haber perdonado mal y de haber pedido perdón con cara de factura vencida.

El público murmuró.

En la primera fila estaban mis antiguos amores, mis errores administrativos, dos amigos perdidos por orgullo y mi madre, que no decía nada, pero movía la cabeza con esa precisión cruel con la que las madres resumen un expediente entero.

—También se le acusa —añadió el fiscal, relamiéndose— de haberse comparado constantemente con los demás, de haber confundido prudencia con miedo y de haber llamado “carácter” a lo que muchas veces era simple cobardía con chaqueta.

Mi abogado defensor se levantó. Era una versión mía más joven, con pelo, fe y una corbata imposible.

—Protesto, señoría.

—¿Por qué?

—Porque todo eso es verdad, pero contado así parece grave.

El juez se ajustó las gafas.

—La verdad casi siempre parece grave cuando se lee en voz alta.

No pude evitar pensar que aquel juez interior tenía frases buenas. Lástima que las usara siempre contra mí.

El juicio llevaba años celebrándose. A veces se aplazaba por vacaciones, trabajo, cenas familiares o pequeñas distracciones modernas: mirar el móvil, opinar de política, comprar cosas innecesarias por internet. Pero siempre volvía. Bastaba una frase escuchada en la calle, una foto antigua, una canción en un taxi, la mano de alguien que ya no estaba.

Y entonces el tribunal reaparecía con su toga invisible.

—Llamen al primer testigo —ordenó el juez.

Entró Laura.

No era exactamente Laura. Era la Laura que yo recordaba, que no siempre coincidía con la real. Tenía veintinueve años, los ojos encendidos y aquella manera de mirar como si cada silencio fuera una habitación sin ventanas.

—¿Reconoce al acusado?

—Sí —dijo ella—. Era experto en llegar tarde incluso cuando estaba sentado delante.

Hubo risas.

—Objeción —dijo mi abogado—. Eso es una metáfora.

—Se admite —respondió el juez—. Aquí juzgamos principalmente metáforas.

Laura me miró. No había odio. Eso fue lo peor. El odio al menos tiene música de guerra. Lo suyo era otra cosa: una distancia limpia, como una sábana tendida donde ya no queda olor de nadie.

—Yo solo quería que estuviera —dijo.

Bajé la cabeza.

El fiscal sonrió. Había ganado medio juicio con una frase sencilla. Los fiscales interiores son así: no necesitan pruebas, les basta con escoger bien el recuerdo.

Luego declaró mi hijo adolescente, aunque ya tenía treinta y tantos. Declaró mi padre muerto. Declaró aquel socio al que envidié sin admitirlo. Declaró incluso un camarero de Sants que una noche me oyó decir “no pasa nada” con la cara exacta de que pasaba todo.

Mi abogado defensor sudaba.

—Mi cliente no es malo —dijo por fin—. Solo ha estado muchas veces asustado.

El fiscal soltó una carcajada seca.

—Qué bonito. Propongo que sustituyamos el Código Penal por un cojín emocional.

—No estaría mal —murmuró alguien desde el fondo.

Era mi terapeuta. O mi conciencia disfrazada de terapeuta. En aquel tribunal nunca se sabía quién venía contratado y quién venía de serie.

El juez pidió silencio.

—El acusado puede decir la última palabra.

Me levanté. Noté la madera bajo los zapatos, el aire tibio, la garganta llena de expedientes mal cerrados.

Podría haber negado algo. Podría haberme defendido con esa dignidad barata que usamos cuando ya no tenemos argumentos. Podría haber dicho que hice lo que pude, que bastante tenía, que nadie me enseñó, que la vida no trae manual y que, además, algunos manuales los escriben idiotas.

Pero estaba cansado.

Cansado de ganar absoluciones pequeñas y perder la paz entera.

—No pido que me declaren inocente —dije—. Eso sería excesivo, incluso para mí.

El juez levantó una ceja.

—¿Entonces?

—Pido dejar de repetir el juicio.

El fiscal se puso en pie.

—¡Eso es inadmisible! Sin juicio no hay control. Sin culpa este hombre podría empezar a vivir alegremente. Imaginen el precedente.

—Tiene razón —dije—. Sería peligroso.

Alguien en la sala rió. Creo que fui yo, pero no estoy seguro.

—No quiero borrar lo que hice —continué—. Quiero recordarlo sin convertirme cada noche en verdugo de guardia. Quiero escuchar a los testigos, sí. Pero no dejar que vivan en mi casa, coman de mi nevera y me cambien el canal de la televisión.

Mi abogado defensor me miró como si por fin hubiera encontrado cliente.

El juez permaneció callado. Después tomó la cucharilla y la dejó sobre la mesa con cuidado. No golpeó. Solo la dejó. Y ese sonido mínimo, casi doméstico, fue más solemne que cualquier sentencia.

—Este tribunal —dijo— no puede absolverle.

Asentí. Lo esperaba.

—Pero puede jubilarse.

El fiscal palideció.

—Señoría…

—Cállese. Lleva demasiado tiempo hablando.

El público empezó a desvanecerse. Laura fue la última en irse. Antes de desaparecer, me sonrió apenas. No como quien perdona. Más bien como quien deja de esperar una explicación.

Cuando abrí los ojos, estaba en mi cocina. Eran las seis y media de la mañana. La ciudad empezaba a fingir que sabía adónde iba.

En la mesa había una hoja doblada.

La abrí.

No decía “inocente”.

Tampoco decía “culpable”.

Solo ponía:

Visto para vivir.

«La verdadera vida es reflexión sobre sí misma.» ( Para Giovanni Gentile nacido el 30 de mayo de 1874 vivir no sería solo actuar, sino saberse actuando. GG era el principal ideólogo del fascismo. Por ese motivo lo asesinaron los comunistas el 15 abril de1944)

Cuando una canción me  gusta no hay aniversario ni deceso que se abra paso en estas páginas. Hoy me tropecé con Brian May (Queen) y su "Too Much Love Will Kill You" (Demasiado amor te matará). Preciosa.


L’excés

Va estimar tres vides alhora: la que tenia, la que havia promès i la que encara li feia tremolar les mans.

Cada nit repartia el cor com qui talla pa sec: una engruna per a la culpa, una altra per al desig, l’última per fingir que tot era normal.

Quan finalment va triar, ja no quedava ningú a l’altra banda.

Només ell, amb tant d’amor dins, que no li cabia ni la respiració.

viernes, 29 de mayo de 2026

 

LIQUIDACIÓN PROVISIONAL DE ILUSIONES


La carta llegó un martes, que es el día que el Estado ha elegido desde antiguo para recordarte que existes. Los lunes sería demasiado cruel, los viernes demasiado humano. Venía en sobre blanco, con membrete azul, código de barras y esa seriedad de funeral administrativo que tienen las comunicaciones de Hacienda.

La dejé sobre la mesa de la cocina durante diez minutos, mirándola como se mira a un animal pequeño que todavía no sabes si está muerto o fingiendo.

Luego la abrí.

Agencia Estatal de Administración Tributaria. Liquidación provisional por rendimientos presuntos derivados de sueños no cumplidos.

Al principio pensé que se trataba de un error. Siempre pensamos eso. Es la primera defensa del ciudadano: creer que el monstruo se ha equivocado de puerta. Luego sigues leyendo y descubres que no. Que el monstruo sabe tu nombre, tu NIF, tu domicilio fiscal, el año exacto en que dejaste de tocar la guitarra y hasta aquel verano en que dijiste que escribirías una novela y solo compraste una libreta cara.

Según Hacienda, yo debía 3.742,16 euros por “incremento patrimonial no realizado, pero emocionalmente declarado en reiteradas ocasiones”.

Confieso que me senté.

No por la cantidad. Uno, a cierta edad, ya se sienta por casi todo. Me senté por la precisión.

La carta detallaba mis sueños pendientes con una obscenidad técnica admirable:

—Una cafetería literaria nunca inaugurada.
—Un viaje a Islandia aplazado siete veces.
—Aprendizaje de italiano iniciado y abandonado en la unidad dos.
—Novela familiar anunciada a terceros en comidas de Navidad.
—Mejora física prometida cada enero.
—Reconciliación pendiente con amigo de infancia.

Cada concepto venía con su base imponible, su tipo de gravamen y sus recargos. La reconciliación, por lo visto, tributaba al 21 %. Los afectos, cuando no se ejercen, generan IVA.

Pedí cita previa, claro. Uno no discute con Hacienda sin permiso de Hacienda. El sistema me concedió hora para el día 17, a las 9:40, en la planta tercera, mesa 14, “Unidad de Expectativas Diferidas”. Me pareció un nombre precioso. Si alguna vez montaba la cafetería literaria, le pondría así: Expectativas Diferidas. Serviría bocadillos de resignación y agua del grifo sin derecho a deducción.

El edificio de la Agencia Tributaria tenía la temperatura moral de una pescadería cerrada. En la sala de espera, varias personas sostenían carpetas, justificantes, certificados médicos, facturas, fotografías, cartas antiguas y una señora, muy digna, llevaba una caja de zapatos llena de pétalos secos.

—Son pruebas —me dijo, al verme mirar.

—¿De qué?

—De que sí estuve enamorada. Pero no me atreví.

No supe qué contestar. En estos casos, el silencio es la única asesoría gratuita que queda.

Cuando apareció mi número en la pantalla, entré en el despacho. La funcionaria no levantó la vista hasta que me senté. Era una mujer de unos cincuenta años, rostro correcto, gafas finas y esa serenidad de quien ha visto llorar a contribuyentes más fuertes que yo.

—Usted dirá.

—He recibido esta liquidación.

Le entregué la carta. La leyó sin sorpresa. Eso me preocupó más que la propia carta.

—Sí. Procedimiento ordinario.

—¿Ordinario?

—Desde la reforma fiscal de los intangibles personales.

—No sabía que los sueños tributaran.

—No tributan los sueños, señor. Tributan los sueños no cumplidos cuando han generado expectativa social, autoengaño prolongado o beneficio moral indebido.

—¿Beneficio moral?

—Usted dijo durante años que escribiría una novela.

—Como todo el mundo.

—Precisamente por eso se está regularizando.

La miré. Ella siguió.

—Durante ese tiempo usted obtuvo una posición simbólica de escritor potencial. Eso desgrava emocionalmente ante familiares, amigos y conocidos. “Estoy escribiendo algo”, “lo tengo en la cabeza”, “cuando me jubile me pondré”. Frases así producen rendimiento.

—Pero no gané dinero.

—No hablamos de dinero. Hablamos de presunción de grandeza.

Me quedé callado. Había algo obsceno y exacto en aquella expresión. Presunción de grandeza. Me vi a mí mismo, años atrás, comprando libretas, guardando recortes, hablando de proyectos con una copa en la mano y una seguridad prestada. Me vi prometiéndome versiones mejores de mí mismo con la alegría irresponsable de quien compra un billete de tren y nunca va a la estación.

—Además —añadió la funcionaria—, tiene usted un viaje a Islandia pendiente.

—Eso era ilusión.

—Con reserva mental reiterada.

—No llegué a reservar nada.

—Pero miró vuelos.

—Mirar vuelos no puede ser hecho imponible.

—Desde 2024, sí.

—¿Y cómo lo saben?

La funcionaria me miró por encima de las gafas, con una tristeza breve.

—No haga preguntas que ya conoce.

En la mesa tenía un pequeño cactus junto al ordenador. Me fijé en él porque era lo único vivo de aquella habitación, aunque tampoco parecía muy convencido.

—¿Y si renuncio oficialmente a mis sueños? —pregunté.

La funcionaria abrió un desplegable en la pantalla.

—Existe el modelo 813.

—¿Renuncia a sueños?

—Renuncia, desistimiento o sustitución por objetivos realistas.

—¿Y eso cuánto cuesta?

—Depende del sueño. La cafetería literaria, por ejemplo, puede cancelarse con una declaración responsable de falta de capital y una memoria justificativa de miedo al fracaso.

—Eso sí lo tengo.

—Lo imaginaba.

Por primera vez sonrió. Apenas. Como si dentro de aquella empleada pública hubiera una mujer que también había dejado cosas sin hacer y se le escapara, por una rendija, algo parecido a la compasión.

—Mire —me dijo, bajando la voz—. Puede recurrir.

—¿Sirve de algo?

—Sirve para ganar tiempo.

—¿Y luego?

—Luego el tiempo también se liquida.

No sé por qué, pensé en mi padre. En todas las veces que dijo que, cuando pudiera, volvería al pueblo. En mi madre, que quiso aprender a nadar y se murió sin meter la cabeza bajo el agua. En aquella amiga de juventud a la que nunca llamé porque siempre había un día mejor, una ocasión más limpia, una frase más adecuada. Pensé en los sueños no cumplidos no como deuda con Hacienda, sino como pequeños recibos que uno deja sin pagar por dentro.

La funcionaria imprimió varios documentos.

—Firme aquí.

—¿Qué es?

—Aplazamiento.

—¿De la deuda?

—No. De usted.

Firmé.

Al salir, la señora de los pétalos secos seguía esperando. Le habían pedido acreditar que aquel amor no consumado no había generado enriquecimiento injusto. Ella sostenía la caja con ambas manos, como si dentro llevara cenizas o una primavera ya caducada.

En la calle hacía sol. Un sol vulgar, de trámite, pero sol al fin. Caminé sin rumbo durante un rato. Pasé por delante de una tienda de instrumentos y vi una guitarra en el escaparate. No era bonita ni cara. Era una guitarra de principiante, de esas que no permiten grandes excusas.

Entré.

El dependiente me preguntó si quería probarla.

Le dije que sí.

Y mientras mis dedos torpes sacaban un sonido pobre, casi ridículo, pensé que Hacienda podía reclamarme muchas cosas: intereses, recargos, sanciones, declaraciones complementarias, incluso el impuesto revolucionario de haber querido ser mejor sin conseguirlo.

Pero aquella nota, mala y viva, ya no se la podían quedar.

Esa, por pequeña que fuera, acababa de prescribir a mi favor.

«La flecha prevista llega más despacio.» (Saber lo que viene no evita el golpe, pero permite encajarlo algo mejor. Frase útil para la vejez, para Hacienda, para l@s corrupt@s y para casi todo lo desagradable. Y eso lo dijo Dante Alighieri nacido el 29 de mayo de 1265 que fue tan divino como su comedia)

Mike Porcaro cumpliría hoy 71 años. Se quedó en los 60, al principio de la década prodigiosa. Como la lluvia que cae sobre África, ese tema que el grupo Totó no hubiese podido componer sin su bajo.


La pluja que no era d’aigua

Ell deia que tornaria quan plogués sobre la terra vermella. Ella, que ja no creia en promeses ni en meteorologia sentimental, va esperar igualment. Cada nit deixava una cadira buida al balcó, per si el vent arribava amb accent llunyà.

Van passar anys. El món va canviar de pell. Una matinada, va sentir trons.

Va sortir corrents.

No plovia.

Era ell, trucant a la porta amb les mans plenes de pols i els ulls fent tard.

 


jueves, 28 de mayo de 2026

 

MAYO DECLARÓ COMO TESTIGO


A finales de mayo, el país empezó a sudar antes de desayunar.

No era un sudor noble, de obrero con camisa pegada a la espalda y bocadillo envuelto en papel de aluminio. Era un sudor de despacho, de moqueta, de rueda de prensa, de garganta seca frente a un micrófono. El tipo de sudor que no moja: delata.

En los juzgados habían encendido los ventiladores antiguos, esos que remueven el aire sin mejorarlo, como ciertos portavoces. Las aspas giraban sobre las cabezas de abogados, periodistas, asesores, investigados y señores que siempre dicen “máxima tranquilidad” con la cara de quien ha escondido una cerilla en un almacén de gasolina.

Fuera, el asfalto se ablandaba. Dentro, las versiones también.

El juez entró en la sala con una carpeta bajo el brazo. No traía tormenta, aunque todos la esperaban. Traía folios. En este país los folios pesan más que las nubes. Una nube descarga y se va. Un folio se queda, se incorpora a las actuaciones, cría anexos, funda una familia procesal y termina sentando a alguien donde antes se sentaban las excusas.

—Hace mucho calor —dijo un abogado, para romper el hielo.

Nadie se rió.

El hielo llevaba años desaparecido.

Los partidos políticos habían enviado a sus mejores intérpretes del bochorno. A la derecha, una señora con abanico patriótico juraba que el calor venía de la corrupción ajena. A la izquierda, un señor con corbata floja aseguraba que aquello no era calor, sino una ofensiva térmica de los poderes oscuros. En el centro, como siempre, alguien intentaba vender aire acondicionado moderado con financiación europea.

El termómetro de la entrada marcaba cuarenta grados.

El de la sala, imputaciones.

Cada partido llevaba su propia sombra plegable. Cuando el foco apuntaba al vecino, hablaban de regeneración democrática, higiene institucional y respeto absoluto a la justicia. Cuando el foco giraba hacia ellos, aparecían las palabras grandes, esas sombrillas caras: persecución, lawfare, cloacas, montaje, maniobra, campaña.

El calor, que no entiende de argumentarios, seguía subiendo.

En la cafetería del juzgado, los periodistas bebían agua tibia en vasos de plástico. Uno preguntó:

—¿Tú crees que esto acabará en algo?

El otro miró hacia la puerta de la sala, donde varios asesores caminaban deprisa sin moverse de sitio.

—Acabar, acabar… aquí no acaba nada. Aquí las causas prescriben, las carreras sobreviven y la culpa cambia de chaqueta.

En la calle, una anciana se protegía la cabeza con una carpeta azul. No sabía quién era culpable. Tampoco le importaba mucho. Había venido por un asunto de comunidad de propietarios y llevaba tres horas esperando en un pasillo que olía a papel, cansancio y café quemado de máquina. Miró a los políticos entrando por la puerta reservada y preguntó al funcionario:

—¿Estos también esperan turno?

El funcionario sonrió con tristeza administrativa.

—No, señora. Estos vienen a explicar por qué nunca les toca.

A mediodía, el aire dejó de circular. Los ventiladores seguían girando, pero ya no engañaban a nadie. Eran como comisiones de investigación: mucho movimiento, poco alivio.

Entonces se fue la luz.

Durante unos segundos, la sala quedó en penumbra. Sin cámaras, sin pantallas, sin pinganillos, sin asesores susurrando frases de salvamento. Solo cuerpos sudando. Personas. Carne con cargo público. Carne con toga. Carne con prisa. Carne con miedo.

Y en esa oscuridad breve, casi decente, todos escucharon lo mismo: el zumbido del país recalentado.

No venía solo del clima.

Venía de años de promesas cocidas al sol, de expedientes guardados en cajones templados, de discursos que habían aprendido a transpirar indignación por encargo. Venía de una política que había confundido gobernar con sobrevivir al siguiente titular. Venía de unos tribunales convertidos en estación meteorológica de la democracia: cada auto, una alerta naranja; cada sumario, una masa de aire caliente; cada declaración, una nube de polvo levantada para que nadie viera el suelo.

Cuando volvió la luz, todos recompusieron la cara.

El juez pidió continuar.

Los abogados se ajustaron las chaquetas empapadas. Los políticos recuperaron la dignidad facial. Los periodistas encendieron los móviles. Los portavoces prepararon frases con la eficacia de quien pela fruta podrida para servirla en bandeja.

Fuera, el cielo estaba blanco, sin misericordia.

Alguien dijo que el martes bajarían las temperaturas.

Nadie se atrevió a preguntar cuándo bajaría la vergüenza.

«El misterio de la vida no se resuelve con el éxito, que es un fin en sí mismo, sino con el fracaso, con la lucha perpetua, con el llegar a ser.» (Patrick White nacido el 28 de mayo de 1912 lo consiguió, el éxito quiero decir. Fue premio noble de literatura en 1973)

A Kylie Minogue la conocí hace unos 28 años a través de tevetrés. Intervenía en un culebrón "Veïns" que nos tenía enganchados a mi hija Flors y a mi a mediodía hasta el capítulo 1700... más o menos. Hoy cumple 58 espléndidos años.

La inquilina

Des que vas marxar, el meu cap cobra lloguer per hores. Hi vius tu, amb aquella cançó enganxada als llavis i una maleta que mai no acabes de desfer.

He provat de fer neteja, canviar els mobles, obrir finestres. Res. Tu continues asseguda al mig del pensament, creuant les cames com si fossis propietària.

Ahir vaig decidir oblidar-te.

Vaig tancar els ulls, vaig respirar fons i, durant tres segons, ho vaig aconseguir.

Llavors vas trucar des de dins.


miércoles, 27 de mayo de 2026

 

MEMORIA SELECTIVA


Me di cuenta una tarde cualquiera, de esas que no merecen entrar en ningún diario porque solo traen recibos, una lavadora pendiente y el espejo del baño empeñado en trabajar horas extras.

Me estaba poniendo crema en los brazos. No por coquetería, que también, sino porque la piel, a partir de cierta edad, empieza a tener más sed que paciencia. Pasé la mano por el hombro, por la curva del cuello, por esa zona donde antes alguien se detenía como quien encuentra una palabra exacta en mitad de una frase torpe.

Y entonces lo noté.

Mi piel no recordaba todo.

No recordaba las manos que me tocaron sin verme. Ni los besos dados por costumbre, ni aquellas noches en que hice el papel de mujer deseada mientras pensaba en la lista de la compra, en los niños, en la reunión del día siguiente o en si quedaba pan para el desayuno. Tampoco recordaba las torpezas, las prisas, los cumplidos de saldo, los cuerpos que venían a buscar confirmación y no encuentro.

Mi piel, la muy descarada, había hecho limpieza general sin consultarme.

Recordaba, en cambio, una mano en mi cintura mientras sonaba una canción horrible en un bar de carretera. Recordaba una boca que no tuvo prisa. Recordaba la espalda contra una pared fría y aquella risa mía, tan joven, tan impropia, tan poco domesticada. Recordaba incluso lo que yo había decidido olvidar por sensatez, esa palabra que tantas veces usamos para no decir miedo.

Me miré en el espejo. Allí estaba yo. Con mis años, mis marcas, mis pequeñas rendiciones, mis victorias sin testigos. No era la muchacha de entonces. Gracias a Dios. Bastante trabajo me dio sobrevivir a ella.

Pero debajo de la piel seguía viviendo una mujer que no había pedido permiso para quedarse.

Aquella noche apagué la luz antes de acostarme. No por pudor.

Por darle ventaja a la memoria.

«No vemos que todas las crisis vienen de la incapacidad de amar a los demás.» (Al autor de la frase, Buddhadasa nacido el 27 de mayo de 1906, le diría que cada vez hay más personas que nos ponen muy difícil amarlas, así que vamos de crisis en crisis)

Hoy cumple 61 años Amparo Llanos que le da una marcha a la guitarra como nadie. Sin ella no existiría el grupo Dover al que no se le ha dado el reconocimiento que se merecían; claro, no son ni británic@s, ni estadounidens@s.


La porta que respirava

Quan la Marta va demanar que l’alliberessin, ningú va mirar la porta. Tots van mirar el rellotge, el mòbil, la cadira buida del pare. Ella, en canvi, va sentir com el pany li bategava als dits.

Feia anys que vivia dins una casa correcta, amb plantes regades, fotos somrients i una tristesa ben educada.

Va obrir.

A fora no hi havia carrer: hi havia la mateixa Marta, més jove, fumant contra el vent.

—Ja era hora —li va dir.

I van marxar juntes, sense tancar

 


martes, 26 de mayo de 2026

 

LA CONSTEL·LACIÓ DE CASA


Ahir la Blanca va bufar sis espelmes amb aquella seriositat que tenen els nens quan intueixen que fer anys és un assumpte important, encara que després se n’oblidin tan bon punt apareix la xocolata.

Avui la Rosa en fa trenta-dos.

La Rosa. La meva filla petita. Tot i que dir-li “petita” quan és a punt de ser mare té alguna cosa de frau administratiu, d’aquells que la vida tramita sense demanar-te el DNI. D’aquí a dues setmanes, si tot segueix el seu curs —i que segueixi, si us plau, que segueixi— naixerà la Sofia. Serà la meva tercera neta. La tercera dona petita que vindrà a desordenar-me l’ànima amb nines, dibuixos, preguntes impossibles i aquesta facilitat que tenen les nenes per convertir un padrí (avi) en un moble útil, tou i lleugerament obedient.

He mirat el calendari i m’ha agafat per pensar que, a la meva vida, les dones no neixen: s’alineen.

Gairebé totes Bessons, com jo. La Rosa, la Blanca, algunes més d’aquesta república familiar on la paraula “dona” no cap en una sola definició. N’hi ha dues que s’escapen del signe, és clar. Una Cranc, enganxada a la riba sentimental de Bessons, com qui viu a la casa del costat i entra sense trucar. Una altra Peixos, nedant pel seu compte, perquè en tota família cal algú que no obeeixi ni el cel.

No sé si els astres expliquen res. Sincerament, ho dubto. Prou feina tenen a no caure.

Però hi ha dies en què un necessita creure que l’univers també participa en les sobretaules, que les dates no són casualitat, que les nenes arriben quan la vida et vol recordar que encara no ha acabat amb tu.

La Rosa fa trenta-dos anys i porta dins la Sofia.

Jo, que un dia la vaig tenir en braços pensant “la meva vida per la teva”, descobreixo ara que aquella frase no es gasta. Només canvia de destinatària.

Ahir va ser la Blanca.

Avui és la Rosa.

Demà serà la Sofia.

I jo continuo aquí, al mig d’aquesta constel·lació femenina, fent veure que miro les estrelles quan, en realitat, estic aprenent a donar les gràcies.

I encara que tinguis 32 anys continúo pensant que “la meva vida per la teva”. Bé, el 50% perque l’altra 50% es de la dona dels Peixos.

 

lunes, 25 de mayo de 2026

 

LES MANS DE LA BLANCA


La taula va quedar com queden les taules quan la infància guanya una batalla: gots de colors, plats amb restes de berenar, tovallons vençuts, suc en una gerra i unes estovalles roses que semblaven haver sobreviscut a una guerra alegre.

La Blanca era asseguda a la cadira.

Sis anys.

Dit així sembla poca cosa. Sis anys caben en un pastís, en una cançó desafinada, en sis espelmes que algú bufa amb la serietat de qui apaga incendis importants. Però jo, que soc el seu padrí i ja començo a mesurar el temps per les nenes que creixen, sé que sis anys són tot un país.

La Blanca somreia amb aquella felicitat neta que no demana explicacions. Tenia les mans posades damunt del cap de la Coral, la seva germana, que amb set anys ja fa de gran amb una barreja perfecta de paciència, teatre i resignació. La Coral es deixava fer, ajupida, somrient, com si entengués que aquell dia tocava cedir el tron. I la Blanca, des de la seva cadira, la coronava al revés: la petita beneint la gran.

Em vaig quedar mirant l’escena i vaig pensar que la vida, quan vol ser intel·ligent, no necessita grans discursos. Col·loca dues nenes en una terrassa, deixa una taula desordenada al darrere, penja unes lletres d’aniversari i permet que una germana posi les mans damunt l’altra. La resta ens l’inventem els adults per complicar-ho tot.

Jo voldria guardar aquesta fotografia en un lloc on no arribin els anys. Però els anys sempre arriben. Arriben amb sabates silencioses, canvien les veus, allarguen les cames, amaguen les joguines i converteixen els vestits d’aniversari en records plegats dins d’un calaix.

Avui no.

Avui la Blanca fa sis anys.

Avui la Coral en té set i encara accepta que la seva germana petita li posi les mans al cap com si estigués arreglant el món.

Avui jo les miro i torno a creure, encara que sigui una estona, que la felicitat existeix. No com a idea, ni com a promesa, ni com una frase de tassa ensucrada.

Existeix així:
una cadira,
dues germanes,
una taula plena de restes,
i un padrí intentant que no se li noti gaire que se li ha fet un nus a la mirada.

¡T'estimo Blanca!

domingo, 24 de mayo de 2026

 

LA VEJEZ COMO INSURRECCIÓN

La noche que los jubilados robaron sus propios expedientes médicos nadie sospechó nada, entre otras cosas porque nadie sospecha nunca de un grupo de personas mayores salvo que ocupen demasiado tiempo la cola de la farmacia.

Se reunieron a las siete de la tarde en el bar La Parada, frente al ambulatorio. Cuatro cafés descafeinados, una infusión digestiva y un cortado con leche fría, porque Fermín decía que a sus ochenta y dos años ya no iba a permitir que el calcio decidiera la temperatura de sus placeres.

—Esto no es un robo —dijo Carmen, antigua administrativa del juzgado, con una carpeta azul sobre las rodillas—. Es una recuperación patrimonial.

—Como las preferentes —añadió Paquita.

—No me nombres bancos, que me sube la tensión —protestó Fermín.

Eran seis. Carmen, que había organizado la operación con la precisión de quien había archivado divorcios durante treinta años. Paquita, diabética, viuda y capaz de mentirle a un médico con más elegancia que un ministro en campaña. Fermín, bastón de nogal, rodilla de titanio y una mala leche perfectamente conservada. Encarna, antigua modista, dedos torcidos de artrosis pero aún capaces de abrir una cremallera sin mirar. Julián, que había trabajado de celador en aquel mismo ambulatorio cuando los ordenadores eran unas máquinas con complejo de frigorífico. Y Rosita, la más joven, setenta y uno, recién jubilada, a la que todos llamaban “la niña” con una crueldad cariñosa.

El plan era sencillo. Entrarían por la puerta lateral a las ocho y diez, justo cuando Pilar, la limpiadora, dejaba abierta la salida para tirar las bolsas. Julián conocía el pasillo, Carmen sabía dónde estaban los archivos antiguos y Encarna llevaba en el bolso unas herramientas pequeñas, envueltas en un pañuelo de flores, que según ella no eran ganzúas sino “recursos de costura avanzada”.

—Recordad —dijo Carmen—: venimos a por lo nuestro.

—Lo nuestro son las pensiones —murmuró Fermín— y mira cómo nos las van devolviendo, a pellizcos y con cara de favor.

A las ocho y doce cruzaron la puerta lateral. Nadie les vio. O sí, pero una anciana con bolsa de tela, un viejo con bastón y cuatro sombras lentas no parecen una banda organizada. Parecen una visita equivocada. La sociedad tiene esa ventaja: cuando cumples cierta edad te vuelve invisible y luego se queja de que no participes.

El ambulatorio olía a lejía, a silla fría y a espera. Las luces del pasillo parpadeaban con esa vocación de hospital público que tienen algunas bombillas: iluminar lo justo para que nadie se haga ilusiones.

Llegaron al archivo.

Encarna se arrodilló ante la cerradura.

—No hagas esfuerzos —le dijo Rosita.

—Niña, he parido a tres hijos, he cosido vestidos de novia para mujeres que no sabían ni querer al novio y he aguantado cuarenta años a un marido del Espanyol. Esta cerradura no sabe con quién se está metiendo.

Tardó veinte segundos.

Dentro, los expedientes dormían en estanterías metálicas. Carpetas, cajas, etiquetas, fechas. Vidas reducidas a cartulinas, analíticas, resonancias, informes, diagnósticos escritos con una letra que parecía diseñada para que Dios tampoco pudiera recurrir.

Carmen encendió una linterna.

—Cada uno busca el suyo.

Lo hicieron en silencio. Al principio con prisa. Después con algo parecido al pudor. No era fácil verse convertido en papeles. No era fácil encontrar la propia vida resumida en palabras como “crónico”, “frágil”, “pluripatológico”, “dependiente”, “deterioro”, “control”, “seguimiento”.

Paquita encontró el suyo y se sentó en una silla.

—Aquí pone “mujer de setenta y ocho años, obesa, viuda, con escasa adherencia a la dieta”.

—¿Y no es verdad? —preguntó Fermín.

—Lo de viuda sí. Lo demás depende del día y del pastel.

Pasó las hojas despacio. De pronto se quedó quieta.

—No pone que cuidé a mi marido seis años cuando ya no sabía quién era yo. No pone que aprendí a pincharme sola porque mi hija vive en Málaga. No pone que los domingos hago canelones para mi nieto, aunque diga que ahora es vegano y luego repita dos veces.

Nadie dijo nada.

Fermín encontró su carpeta y soltó una carcajada seca.

—A mí me llaman “paciente poco colaborador”.

—Normal —dijo Carmen—. Una vez le dijiste al traumatólogo que tenía menos sensibilidad que una mesa de formica.

—Y no mentí. Eso deberían ponerlo también. “Paciente sincero ante mobiliario médico”.

Rosita, al abrir el suyo, descubrió que seguía constando como “ama de casa”.

—He llevado la contabilidad de una empresa treinta y cinco años.

—Para ellos, si una mujer no lleva bata blanca o toga, es ama de casa —dijo Carmen—. Y si la lleva, también, pero con horario.

Julián no hablaba. Tenía su expediente sobre la mesa y acariciaba la tapa con los dedos. En la primera página constaba su nombre, su edad, sus alergias, sus antecedentes. Más adelante, un informe de cardiología. Más allá, la palabra que nadie quiere encontrar aunque ya la haya oído: insuficiencia.

—Aquí está todo lo que falla —dijo al fin—. Pero no está lo que aún funciona.

—¿Qué funciona? —preguntó Encarna.

Julián levantó la vista.

—Que esta mañana he bajado a comprar pan y la panadera me ha guardado la barra tostada porque sabe que me gusta. Que todavía distingo la voz de mi mujer en sueños. Que me acuerdo de la alineación del Barça del setenta y cuatro y no del nombre del nuevo médico, pero eso no es deterioro cognitivo, es criterio.

Carmen sacó de su carpeta azul seis folios escritos a mano.

—Por eso estamos aquí.

Repartió uno a cada uno. En la parte superior había un título: Anexo personal al historial clínico.

—Vamos a añadir lo que falta.

—¿Al expediente? —preguntó Rosita.

—Al expediente, sí. Si ellos escriben sobre nosotros, nosotros también podemos comparecer en nuestra propia causa.

Durante media hora rellenaron aquellos folios. Con letra grande, torcida, viva. Paquita escribió que su azúcar subía cuando se acordaba de su marido, no solo cuando comía crema catalana. Fermín añadió que el dolor de rodilla empeoraba con la humedad y con los discursos del presidente de la comunidad. Encarna dejó constancia de que sus manos no estaban deformadas, sino usadas. Rosita tachó “ama de casa” y escribió debajo: “directora general de supervivencia doméstica y laboral no remunerada en la parte emocional”. Julián anotó que su corazón fallaba, sí, pero que había amado con él más de sesenta años y eso también debería puntuar en alguna escala.

Carmen guardó los anexos dentro de cada expediente.

—Ahora sí.

—¿No nos los llevamos? —preguntó Fermín, decepcionado—. Yo venía preparado para delinquir un poco más.

—No —dijo Carmen—. Robarlos sería aceptar que nos pertenecen solo si desaparecen. Vamos a dejarlos aquí, contaminados de vida.

Antes de marcharse, pegaron en la puerta del archivo una nota escrita con rotulador negro:

No somos vuestros pacientes. Somos vuestra biografía pendiente.

Salieron por el mismo pasillo, despacio, con la dignidad sospechosa de quienes acaban de cometer un acto revolucionario sin romper una papelera. Fuera, la noche seguía igual. Los coches pasaban. El bar La Parada bajaba la persiana. Una ambulancia cruzó la avenida con la sirena encendida, llevando a alguien hacia ese lugar donde todos acabamos alguna vez: una cama, una máquina, una pregunta.

Al día siguiente, en el ambulatorio, hubo cierto revuelo. Se habló de intrusión, de vandalismo documental, de falta de seguridad. Nadie utilizó la palabra justicia. Para eso, como para tantas cosas importantes, no había casilla en el sistema.

Una médica joven encontró el anexo de Julián y lo leyó entero. Luego hizo algo raro. Algo mínimo. Algo casi peligroso.

En la siguiente visita, al abrir el historial, no preguntó primero por la insuficiencia cardíaca.

Miró a Julián y le dijo:

—Hábleme de su mujer.

Y Julián, que había ido preparado para enseñar el pecho, se llevó la mano al corazón.

Por una vez, no para que se lo auscultaran.

«Todo fracaso es un paso hacia el éxito; cada detección de lo falso nos dirige hacia lo verdadero.» (William Whewell nacido el 24 de mayo de 1794 ya sabía y así lo dijo que la experiencia es haber acumulado errores. Lo que ya es un arte más complicado es detectar lo falso sobre todo cuando estamos convencid@s de lo contrario)

Rosanne Cash cumple hoy 71 años y espero que lo celebre a menos de 500 millas de donde ella quiere estar. 


El tren que no perdona

La mare deia que els trens només marxen si algú els deixa marxar. Ella no la va creure. Va pujar amb una bossa, un abric prim i aquella dignitat absurda que només escalfa els primers quilòmetres. Després vingueren les estacions buides, les monedes comptades, el fred sota les ungles. A cinc-centes milles de casa, va descobrir que la distància no fa soroll: et mira des del vidre i espera. Quan el tren va xiular, no va plorar. Va fer una cosa pitjor. Va recordar el camí de tornada.