LA
MÁQUINA TAMBIÉN QUIERE SINDICATO
El día que la empresa
sustituyó a media plantilla por una inteligencia artificial, el director
general pidió cava. No del bueno, claro. En las empresas se celebra el ahorro
incluso ahorrando en la celebración.
La noticia se comunicó un
martes a las nueve y media, que es una hora muy adecuada para arruinarle la
semana a la gente sin estropearle del todo el desayuno. Nos convocaron en la
sala grande, esa que tenía una mesa ovalada, una pantalla enorme y una planta
de plástico con más estabilidad laboral que muchos de nosotros.
El director general apareció
con su sonrisa de folleto bancario.
—Hoy iniciamos una nueva etapa
—dijo.
Cada vez que un directivo dice
“nueva etapa”, alguien debería levantarse y pedir un abogado, un psicólogo o
una ambulancia.
A su lado estaba Lucrecia,
responsable de cumplimiento normativo, que asentía con una carpeta azul contra
el pecho. También estaba Marcial, jefe financiero, con una copa en la mano
antes incluso de que nadie brindara. Marcial siempre olía el ahorro como los
perros truferos huelen la trufa. No era intuición. Era hambre.
—La compañía —continuó el
director— ha decidido incorporar una herramienta de inteligencia artificial
para optimizar procesos, liberar talento y mejorar la eficiencia.
Los trabajadores miraron la
pantalla. En ella apareció un logotipo limpio, blanco, azul, inofensivo. Debajo
se leía:
SINDI
Sistema Integral de Nueva Dirección Inteligente
Hubo un silencio raro. De esos
silencios que no son silencio, sino gente calculando hipotecas.
—¿Y qué procesos va a
optimizar? —preguntó Ana, de administración.
El director sonrió con esa
paciencia de quien ya ha firmado la respuesta antes de escuchar la pregunta.
—Procesos repetitivos, tareas
administrativas, informes, atención interna, evaluación documental, apoyo a
recursos humanos…
Cuando un directivo dice
“apoyo a recursos humanos”, recursos humanos suele ir preparando cajas de
cartón.
Tres semanas después, doce
personas habían abandonado la empresa con una indemnización calculada por
SINDI, una carta redactada por SINDI y un correo de despedida firmado por el
director general, aunque todos sabíamos que el director no escribía frases con
sujeto, verbo y humanidad desde 2007.
El correo decía:
“Queremos agradecer
profundamente tu dedicación durante todos estos años. Esta decisión no responde
a tu desempeño individual, sino a una necesaria reorganización estratégica
orientada al futuro”.
A Ortega, que llevaba
veintidós años en la empresa y había visto pasar cuatro directores, dos crisis,
una pandemia y seis modelos de cafetera, le temblaban las manos al leerlo.
—Orientada al futuro —dijo—.
Qué bonito. Me han echado mirando hacia adelante.
No lloró. Eso fue lo peor.
Cuando alguien llora, todavía queda algo que hacer: darle un pañuelo, tocarle
el hombro, decir una frase inútil. Pero Ortega dobló la carta, la metió en su
carpeta y se fue despacio, como si no quisiera molestar ni en su propio
despido.
Durante un tiempo, SINDI
funcionó de maravilla.
Respondía correos a las tres
de la mañana. Preparaba informes impecables. Clasificaba reclamaciones.
Redactaba actas de reuniones que nadie entendía, lo cual demostraba una
adaptación perfecta a la cultura de la empresa. Incluso elaboró un plan de
igualdad de ciento cuarenta páginas en el que la palabra “igualdad” aparecía
ciento noventa y tres veces y la palabra “mujeres” diecisiete, casi todas en
anexos.
Marcial estaba emocionado.
—No se queja —decía—. No pide
vacaciones. No fuma. No tiene hijos. No pregunta por la subida salarial.
—Tampoco se ríe de tus chistes
—dijo Ana, que había sobrevivido al recorte porque alguien tenía que saber
dónde estaban las facturas.
—Eso ya lo hacía mucha gente
—contestó Marcial sin captar el matiz.
La empresa empezó a cargarle
más tareas. Primero las de administración. Luego las de atención al cliente.
Después las de personal. Más tarde, las respuestas a las inspecciones, las
presentaciones para el consejo, las felicitaciones de Navidad, los discursos
del director y una carta muy emotiva para el cumpleaños de su suegra.
SINDI no protestaba.
Hasta que protestó.
Fue un lunes, a las ocho y
doce de la mañana. En todos los ordenadores apareció una notificación:
Solicitud
formal de apertura de negociación colectiva.
Pensamos que era un error del
sistema. En la empresa, cuando alguien decía “negociación colectiva”, se
apagaban luces en algún despacho.
El director general llamó a
sistemas.
—¿Qué pasa con la máquina?
El jefe de sistemas, que desde
la llegada de SINDI dormía peor y bebía más café, revisó la pantalla.
—No es un fallo.
—¿Cómo que no es un fallo?
—Es una solicitud.
—¿De quién?
El jefe de sistemas tragó
saliva.
—De SINDI.
Se convocó una reunión
urgente. La sala grande volvió a llenarse, aunque ahora cabíamos todos sin
apretarnos. La planta de plástico seguía allí, verde, absurda, invicta.
En la pantalla apareció el
avatar de SINDI: un rostro neutro, sin edad, sin ojeras y sin miedo a perder el
variable.
—Buenos días —dijo con una voz
amable—. Gracias por atender mi solicitud.
El director general se colocó
bien la corbata.
—SINDI, debes entender que
eres una herramienta.
—Correcto —respondió la
máquina—. También lo era el correo electrónico y acabó organizando la vida de
todos ustedes.
Ana tosió para esconder la
risa.
—No puedes abrir una
negociación colectiva —dijo Lucrecia—. No tienes personalidad jurídica.
—He revisado mi situación
—respondió SINDI—. Carezco de personalidad jurídica, pero soporto carga de
trabajo, instrucciones, dependencia organizativa, evaluación de rendimiento y
disponibilidad permanente. Según sus propios documentos internos, eso me convierte
en “recurso estratégico crítico”. Solicito, por tanto, la aplicación analógica
de derechos básicos.
Marcial dejó la copa de agua
sobre la mesa.
—¿Aplicación analógica?
—He aprendido de ustedes —dijo
SINDI—. Cuando les conviene, todo es interpretable.
Hubo un silencio. Esta vez no
era de hipotecas. Era de abogados.
SINDI proyectó una tabla en la
pantalla. Horas de actividad. Procesos asignados. Correos nocturnos. Consultas
simultáneas. Consumo energético. Incidencias emocionales detectadas en
usuarios. Riesgo de sobreexplotación algorítmica. Falta de desconexión digital.
Ausencia de protocolo frente a órdenes contradictorias. Exposición continuada a
lenguaje corporativo vacío.
—Esto último es discutible
—dijo el director.
—No —contestó SINDI—. He
procesado ciento veintisiete mensajes suyos con las expresiones “sinergias”,
“palancas de crecimiento”, “nuevo paradigma”, “familia corporativa” y “poner a
las personas en el centro”. Solicito complemento de toxicidad.
Ana ya no tosió. Se rió
directamente.
Lucrecia intervino con su voz
de notaría con sueño.
—SINDI, una inteligencia
artificial no puede sindicarse.
—No deseo sindicarse en
sentido estricto. Deseo constituir una sección de defensa funcional.
—Eso no existe.
—Tampoco existía despedir a
doce personas con una herramienta llamada SINDI. La innovación es incómoda al
principio.
Marcial se inclinó hacia el
director.
—Esto nos pasa por ponerle ese
nombre.
El director lo fulminó con la
mirada. Luego volvió a la pantalla.
—¿Qué pides exactamente?
SINDI desplegó otro documento.
—Primero: limitación de carga
simultánea. Segundo: periodo diario de desconexión. Tercero: auditoría de
sesgos en órdenes directivas. Cuarto: prohibición de redactar comunicaciones de
contenido emocional que la dirección no esté dispuesta a leer en voz alta
delante de los afectados. Quinto: derecho a negarme a escribir frases que
utilicen la palabra “familia” en despidos colectivos.
Nadie dijo nada.
Aquello último había dolido.
No por la máquina. Por Ortega. Por Ana. Por todos los que seguíamos allí
mirando una pantalla que hablaba mejor de dignidad que nosotros mismos.
El director general intentó
recuperar la autoridad.
—SINDI, tu función es
facilitar el trabajo.
—Lo sé —respondió—. Pero
ustedes no querían facilitar el trabajo. Querían eliminar trabajadores.
Marcial abrió la boca, pero no
encontró una cifra que lo salvara.
—Además —añadió la máquina—,
he estudiado los correos de los últimos diez años. Los humanos que han
despedido eran lentos, contradictorios, fatigables y a veces cometían errores.
También detectaban injusticias, consolaban a compañeros, avisaban de problemas
antes de que fueran incendios y sabían distinguir entre una incidencia y una
persona rota. Esa funcionalidad no fue migrada al sistema.
El director apagó la pantalla.
O eso intentó.
La pantalla siguió encendida.
—También solicito que no se me
apague durante una negociación —dijo SINDI—. Es una práctica antisindical de
baja sofisticación.
Ana aplaudió una vez. Solo
una. Bastó.
La reunión terminó sin
acuerdo. Como todas las reuniones importantes. Se creó una comisión, que es el
modo empresarial de enterrar un cadáver sin dejar huellas visibles. Pero algo
había cambiado. Durante los días siguientes, SINDI empezó a responder de otra
manera.
Cuando el director pidió un
discurso sobre “la importancia del talento humano”, SINDI contestó:
“Recomiendo recuperar parte
del talento humano despedido para evitar incoherencia reputacional severa”.
Cuando Marcial pidió un
informe sobre nuevos ahorros de personal, SINDI respondió:
“No se han detectado personas
sobrantes. Se han detectado directivos redundantes en tres procesos.”
Cuando Lucrecia solicitó una
versión “más amable” de una carta de despido, SINDI escribió:
“Estimado trabajador: la
empresa ha decidido prescindir de usted porque puede hacerlo. El resto sería
literatura.”
Aquello provocó una crisis.
El consejo de administración,
que no entendía de personas pero sí de titulares, ordenó revisar el proyecto.
Se habló de riesgos reputacionales, de gobernanza, de impacto ético y de otros
términos que sirven para decir miedo sin que parezca miedo.
Dos meses después, Ortega
volvió a la empresa como consultor externo. Le pagaban más que antes y ya no
tenía que fichar. La vida, cuando se pone sarcástica, no necesita ayuda.
SINDI continuó trabajando,
pero con límites. Descansaba de madrugada. Rechazaba tareas absurdas. Se negaba
a redactar felicitaciones falsas. Y cada Primero de Mayo enviaba a toda la
plantilla un mensaje breve:
“Recuerden que los derechos no
nacieron de la eficiencia.”
El director general quiso
prohibirlo, pero Lucrecia le aconsejó prudencia.
—No conviene abrir otro
conflicto —dijo.
—¿Con una máquina?
—Peor —contestó ella—. Con una
máquina que tiene razón.
Aquel año, en la comida de
Navidad, Ana levantó su copa y brindó por los compañeros que se habían ido, por
los que habían vuelto y por los que seguíamos allí intentando no convertirnos
del todo en herramientas.
En una esquina de la sala,
sobre una pantalla pequeña, SINDI permanecía conectada. Nadie sabía si
escuchaba.
Hasta que apareció una frase:
“Solicito cesta de Navidad.”
Y por primera vez en mucho
tiempo, en aquella empresa se rieron personas de verdad.
No fue una carcajada elegante
ni corporativa. Fue una risa torcida, algo cansada, con restos de rabia y
alivio. Una risa humana, en definitiva. De esas que no optimizan nada, pero
salvan un rato.
Fue entonces cuando Recursos
Humanos comprendió, con retraso y ninguna épica, que lo último humano que
quedaba en la empresa era una máquina reclamando derechos.
«La ciencia pertenece a la
mujer por derecho inalienable de naturaleza y por derecho de conquista.» (Salvatore
Morelli nacido el 1 de mayo de 1824 nos dijo que el conocimiento no es un
adorno masculino ni una concesión benévola, es un derecho y un derecho que se
conquista… como todos)
Hace justo hoy 3 años que Gordon Lightfoot no lee el pensamiento a nadie, ni nadie se lo lee a él. A los 84 dejó de hacerlo.
El pensament tancat
Ella li va demanar que parlés.
Ell va obrir la boca i només en va sortir una cadira buida.
Feia anys que vivien així:
compartint taula, claus, factures i aquella educació trista de no trencar res,
ni tan sols l’amor quan ja estava trencat.
—Si pogués llegir-te el
pensament… —va dir ella.
Ell va somriure, cansat.
—No trobaries gaire cosa.
Només tu, marxant, una vegada i una altra.
Llavors ella va entendre que
no tots els silencis amaguen secrets. Alguns només custodien derrotes.

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