DIFERENCIAS
Hace una semana recibí una
comunicación electrónica de la Agencia Tributaria.
No fue una carta. Hacienda ya
no escribe cartas porque las cartas tienen algo humano: un sobre, un sello, una
mano que las deja en el buzón. Hacienda te envía una notificación electrónica.
Una especie de disparo administrativo que no hace ruido, pero te obliga a
identificarte con certificado digital, clave permanente, número de referencia
y, probablemente, alguna contraseña que elegiste en 2017 y que ya no recuerdas.
Conseguí entrar.
La Agencia Tributaria había
observado unas «diferencias» en mi declaración del IRPF de 2024, que es la que
presentamos en 2025 para que Hacienda pudiera revisarla en 2026. El sistema
fiscal español tiene estas cosas: uno declara el pasado, paga en el presente y
conserva los justificantes hasta que pierde la memoria.
La diferencia ascendía a
ciento noventa euros.
No ciento noventa mil.
Ni siquiera mil novecientos.
Ciento noventa.
Leí dos veces la comunicación.
Reconozco que el asunto era discutible. Incluso me pareció que la
interpretación de la Agencia podía ser jurídicamente dudosa. Podía presentar
alegaciones, buscar jurisprudencia, rescatar facturas, imprimir documentos y
dedicar varias tardes de mi vida a demostrar que el Estado se equivocaba por
una cantidad inferior a lo que cuesta una cena para cuatro en un restaurante
que haya sustituido la palabra «ración» por «experiencia».
Pero no tenía ganas.
A cierta edad uno empieza a
valorar su tiempo, aunque Hacienda todavía no lo haya incluido en el
patrimonio.
Acepté.
Pulsé el botón correspondiente
y el sistema me preguntó si estaba seguro. Me hizo gracia. La Administración
llevaba varios párrafos explicándome que debía pagar, pero en el último momento
fingía respetar mi libertad.
—¿Está seguro de que desea
aceptar?
No, no estaba seguro.
Precisamente por eso aceptaba.
Hice el pago. Enseguida
apareció en la pantalla un justificante con su código de seguridad, su número
de referencia y su apariencia de documento histórico. Durante unos segundos
tuve la impresión de haber contribuido decisivamente al sostenimiento del Estado
del bienestar. Quizá aquellos ciento noventa euros permitirían comprar una
bombilla para un hospital, pintar media aula o financiar tres minutos de una
comisión parlamentaria.
Fue entonces cuando me acordé
de las joyas encontradas en la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez
Zapatero.
Según publicaban los
periódicos, las habían tasado en un millón trescientos mil euros.
Miré el justificante de mis
ciento noventa.
Después pensé en el millón
trescientos mil.
Volví a mirar mis ciento
noventa.
La comparación era absurda, ya
lo sé. Las joyas están siendo investigadas y todavía debe determinarse de quién
son, de dónde proceden, cuándo llegaron, si debieron declararse y qué
impuestos, en su caso, correspondería pagar. Todo eso requiere informes, peritos,
declaraciones, abogados y tiempo. Mucho tiempo. O las explicaciones de José
Luis Rodríguez Zapatero (¡ja!)
Mis ciento noventa euros, en
cambio, no necesitaron ninguna novela judicial. La Agencia los localizó con esa
precisión que solo se alcanza cuando la cantidad es pequeña y el contribuyente
está perfectamente identificado.
Me sentí agradecido.
No por haber pagado, sino
porque durante el registro de mi despacho no hubieran encontrado joyas por
valor de un millón trescientos mil euros.
Entre otras razones, porque no
las tengo.
Ni las tengo ni las tendré, a
fe mía.
En el cajón de mi mesa hay
bolígrafos que no escriben, dos cargadores de teléfonos que ya no existen, una
calculadora, varios clips y una moneda de cincuenta céntimos pegada a un
caramelo de menta. Ignoro qué valoración haría Ansorena del conjunto, pero sospecho
que no cubriría los ciento noventa euros.
También guardo unos gemelos
que me regalaron hace muchos años. Por prudencia, he decidido no utilizarlos
hasta que prescriban.
Al día siguiente supe que el
juez había ofrecido a Hacienda la posibilidad de personarse en la causa como
perjudicada. Me tranquilizó comprobar que alguien se había acordado de ella. No
parecía que la Agencia hubiera descubierto espontáneamente aquella diferencia
de un millón trescientos mil euros con la misma agilidad con la que detectó la
mía, pero quizá sus ordenadores estaban ocupados buscando cantidades y personas
más manejables.
No es lo mismo perseguir
ciento noventa euros que perseguir un collar de diamantes.
Los ciento noventa no tienen
abogado.
Las joyas, probablemente, sí.
Podrá declararse nulo el
registro del despacho del ínclito Zapatero, invalidarse alguna diligencia o
discutirse durante años la legalidad del procedimiento. Los juristas sabemos
que una prueba puede dejar de existir procesalmente aunque continúe encima de
la mesa. Es una de esas habilidades de la justicia que la física todavía no ha
logrado explicar.
Pero las joyas seguirán siendo
joyas.
Salvo que alguien, con mucho
talante, consiga convencernos de que eran virtuales, que la caja fuerte era una
metáfora y que el millón trescientos mil euros fue un error de redondeo.
Cerré la comunicación de
Hacienda y guardé el justificante en una carpeta llamada «Impuestos». Tengo
otra titulada «Cosas importantes», pero no quise mezclar.
Después me hice la pregunta
que uno no debería formular cuando acaba de pagar voluntariamente una deuda
discutible:
¿De quién depende la Agencia
Tributaria?
La respuesta oficial es
sencilla: del Ministerio de Hacienda.
La respuesta práctica es algo
más complicada.
Aunque, después de lo
sucedido, tengo bastante claro quién depende de ella.
«El Estado democrático y libre
no puede esperar: presupone una actitud activa de sus ciudadanos que no surge
espontáneamente» (La democracia, según Eduard Spranger nacido el 27 de junio de
1882, no se mantiene solo mediante leyes e instituciones. Necesita ciudadanos
capaces de pensar, juzgar, participar y asumir responsabilidades. Lo último es
más difícil)
Aselin Debison cumple hoy 36 años aunque en el vídeo tenía unos cuantos menos. Se ha hecho cantante conocida a base de cantar canciones de los demás pero no lo hace del todo mal.
La casa dels colors
L’àvia deia que, darrere l’arc
de Sant Martí, hi havia una casa on vivien les coses perdudes.
Quan va morir, la nena va
esperar cada tarda que plogués. Però el cel continuava blau, cruelment blau.
Un dia va regar el jardí amb
la mànega fins que el sol va travessar les gotes i va encendre set colors.
—Àvia! —va cridar.
Des de la finestra buida, una
cortina es va moure.
No bufava vent.

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