sábado, 27 de junio de 2026

 

DIFERENCIAS


Hace una semana recibí una comunicación electrónica de la Agencia Tributaria.

No fue una carta. Hacienda ya no escribe cartas porque las cartas tienen algo humano: un sobre, un sello, una mano que las deja en el buzón. Hacienda te envía una notificación electrónica. Una especie de disparo administrativo que no hace ruido, pero te obliga a identificarte con certificado digital, clave permanente, número de referencia y, probablemente, alguna contraseña que elegiste en 2017 y que ya no recuerdas.

Conseguí entrar.

La Agencia Tributaria había observado unas «diferencias» en mi declaración del IRPF de 2024, que es la que presentamos en 2025 para que Hacienda pudiera revisarla en 2026. El sistema fiscal español tiene estas cosas: uno declara el pasado, paga en el presente y conserva los justificantes hasta que pierde la memoria.

La diferencia ascendía a ciento noventa euros.

No ciento noventa mil.

Ni siquiera mil novecientos.

Ciento noventa.

Leí dos veces la comunicación. Reconozco que el asunto era discutible. Incluso me pareció que la interpretación de la Agencia podía ser jurídicamente dudosa. Podía presentar alegaciones, buscar jurisprudencia, rescatar facturas, imprimir documentos y dedicar varias tardes de mi vida a demostrar que el Estado se equivocaba por una cantidad inferior a lo que cuesta una cena para cuatro en un restaurante que haya sustituido la palabra «ración» por «experiencia».

Pero no tenía ganas.

A cierta edad uno empieza a valorar su tiempo, aunque Hacienda todavía no lo haya incluido en el patrimonio.

Acepté.

Pulsé el botón correspondiente y el sistema me preguntó si estaba seguro. Me hizo gracia. La Administración llevaba varios párrafos explicándome que debía pagar, pero en el último momento fingía respetar mi libertad.

—¿Está seguro de que desea aceptar?

No, no estaba seguro. Precisamente por eso aceptaba.

Hice el pago. Enseguida apareció en la pantalla un justificante con su código de seguridad, su número de referencia y su apariencia de documento histórico. Durante unos segundos tuve la impresión de haber contribuido decisivamente al sostenimiento del Estado del bienestar. Quizá aquellos ciento noventa euros permitirían comprar una bombilla para un hospital, pintar media aula o financiar tres minutos de una comisión parlamentaria.

Fue entonces cuando me acordé de las joyas encontradas en la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez Zapatero.

Según publicaban los periódicos, las habían tasado en un millón trescientos mil euros.

Miré el justificante de mis ciento noventa.

Después pensé en el millón trescientos mil.

Volví a mirar mis ciento noventa.

La comparación era absurda, ya lo sé. Las joyas están siendo investigadas y todavía debe determinarse de quién son, de dónde proceden, cuándo llegaron, si debieron declararse y qué impuestos, en su caso, correspondería pagar. Todo eso requiere informes, peritos, declaraciones, abogados y tiempo. Mucho tiempo. O las explicaciones de José Luis Rodríguez Zapatero (¡ja!) 

Mis ciento noventa euros, en cambio, no necesitaron ninguna novela judicial. La Agencia los localizó con esa precisión que solo se alcanza cuando la cantidad es pequeña y el contribuyente está perfectamente identificado.

Me sentí agradecido.

No por haber pagado, sino porque durante el registro de mi despacho no hubieran encontrado joyas por valor de un millón trescientos mil euros.

Entre otras razones, porque no las tengo.

Ni las tengo ni las tendré, a fe mía.

En el cajón de mi mesa hay bolígrafos que no escriben, dos cargadores de teléfonos que ya no existen, una calculadora, varios clips y una moneda de cincuenta céntimos pegada a un caramelo de menta. Ignoro qué valoración haría Ansorena del conjunto, pero sospecho que no cubriría los ciento noventa euros.

También guardo unos gemelos que me regalaron hace muchos años. Por prudencia, he decidido no utilizarlos hasta que prescriban.

Al día siguiente supe que el juez había ofrecido a Hacienda la posibilidad de personarse en la causa como perjudicada. Me tranquilizó comprobar que alguien se había acordado de ella. No parecía que la Agencia hubiera descubierto espontáneamente aquella diferencia de un millón trescientos mil euros con la misma agilidad con la que detectó la mía, pero quizá sus ordenadores estaban ocupados buscando cantidades y personas más manejables.

No es lo mismo perseguir ciento noventa euros que perseguir un collar de diamantes.

Los ciento noventa no tienen abogado.

Las joyas, probablemente, sí.

Podrá declararse nulo el registro del despacho del ínclito Zapatero, invalidarse alguna diligencia o discutirse durante años la legalidad del procedimiento. Los juristas sabemos que una prueba puede dejar de existir procesalmente aunque continúe encima de la mesa. Es una de esas habilidades de la justicia que la física todavía no ha logrado explicar.

Pero las joyas seguirán siendo joyas. 

Salvo que alguien, con mucho talante, consiga convencernos de que eran virtuales, que la caja fuerte era una metáfora y que el millón trescientos mil euros fue un error de redondeo.

Cerré la comunicación de Hacienda y guardé el justificante en una carpeta llamada «Impuestos». Tengo otra titulada «Cosas importantes», pero no quise mezclar.

Después me hice la pregunta que uno no debería formular cuando acaba de pagar voluntariamente una deuda discutible:

¿De quién depende la Agencia Tributaria?

La respuesta oficial es sencilla: del Ministerio de Hacienda.

La respuesta práctica es algo más complicada.

Aunque, después de lo sucedido, tengo bastante claro quién depende de ella.

«El Estado democrático y libre no puede esperar: presupone una actitud activa de sus ciudadanos que no surge espontáneamente» (La democracia, según Eduard Spranger nacido el 27 de junio de 1882, no se mantiene solo mediante leyes e instituciones. Necesita ciudadanos capaces de pensar, juzgar, participar y asumir responsabilidades. Lo último es más difícil)

Aselin Debison cumple hoy 36 años aunque en el vídeo tenía unos cuantos menos. Se ha hecho cantante conocida a base de cantar canciones de los demás pero no lo hace del todo mal.


La casa dels colors

L’àvia deia que, darrere l’arc de Sant Martí, hi havia una casa on vivien les coses perdudes.

Quan va morir, la nena va esperar cada tarda que plogués. Però el cel continuava blau, cruelment blau.

Un dia va regar el jardí amb la mànega fins que el sol va travessar les gotes i va encendre set colors.

—Àvia! —va cridar.

Des de la finestra buida, una cortina es va moure.

No bufava vent.


No hay comentarios:

Publicar un comentario