miércoles, 8 de julio de 2026

 

SI HACES EL AMOR, NO HABLES


Después de hacer el amor, conviene no decir nada durante un rato. No por misterio, que la palabra misterio ha servido para esconder demasiadas tonterías, sino por simple higiene emocional. Hay momentos que no soportan bien el comentario posterior, como ciertos platos no toleran el microondas o algunas canciones mueren en cuanto alguien intenta explicarlas.

Después del sexo, el cuerpo queda hablando solo.

Habla la respiración, que aún no ha vuelto a su sitio. Habla la piel, un poco sudada, un poco vencida, un poco orgullosa de haber sobrevivido a su propia desvergüenza. Habla la sábana arrugada, la almohada en el suelo, el vaso de agua que nadie ha tenido la prudencia de acercar antes y que ahora parece situado en otro continente. Habla incluso ese silencio extraño que se instala en la habitación, un silencio con olor, con temperatura, con restos de boca.

Y claro, aparece entonces el peligro.

El peligro de querer ponerse profundo.

El peligro de levantar acta notarial del deseo.

El peligro de decir: “¿En qué piensas?”, justo cuando pensar es lo único que no debería exigirse a nadie con el cuerpo todavía regresando de donde ha estado. Porque hay preguntas que, formuladas a destiempo, deberían estar castigadas por el Código Penal de la intimidad. No con cárcel, que bastante cárcel tenemos ya con algunas conversaciones, sino con una multa simbólica y la obligación de guardar silencio durante diez minutos.

Cualquier intento de compensar con doctas disquisiciones sentimentales la sinceridad elemental de un gemido, de un jadeo, de un “así”, de un “más”, de un “no pares”, de un “ahora”, de un “fóllame” dicho sin literatura y con toda la verdad del mundo, suele estropear lo que acaba de suceder. No porque las palabras sobren siempre. Sobran en ese instante. Luego ya veremos. Luego podremos hablar del recibo de la luz, de la grieta del techo, de la próxima escapada, de si esto es amor, deseo, costumbre, incendio, refugio o una de esas mezclas peligrosas que la vida fabrica cuando se aburre de nuestras clasificaciones.

Pero justo después, no.

Justo después hay que dejar que el cuerpo recoja sus cosas.

No hablo, por supuesto, del que acaba y se desentiende. Ese no calla: huye. Y la huida no tiene nada de poético, salvo para quien la practica con la elegancia moral de un electrodoméstico defectuoso. Tampoco hablo de quien confunde el silencio con el abandono, ni de quien se da la vuelta como quien apaga una máquina después de usarla. Eso no es preservar la magia. Eso es tener menos sensibilidad que una mesita de noche.

Hablo de otra cosa.

Hablo de ese silencio que no desprecia, sino que guarda. De ese quedarse al lado sin tener que demostrar nada. De esa mano que busca otra mano sin convertir el gesto en discurso. De esa espalda ofrecida, no como frontera, sino como descanso. De ese sueño que llega a veces con la mansedumbre de los animales satisfechos, cuando ya no hay personaje, ni seductor, ni amante ingenioso, ni hembra, ni macho, ni teoría de género, ni tratado de afectos, ni gimnasia verbal para justificar lo que ha ocurrido.

Solo dos cuerpos.

Dos cuerpos que hace un momento se hablaban en un idioma antiguo y ahora no necesitan subtítulos.

Por eso, querida amante, pareja, cómplice, follante, singante o como demonios queramos llamarnos según el día, si después de hacer el amor me quedo callado, no me juzgues todavía. No llames a los servicios de emergencia sentimental. No convoques una comisión de investigación sobre mi conducta postcoital. No me preguntes si te quiero justo cuando mi cuerpo todavía te está contestando.

Mírame, si quieres.

Tócame, si te apetece.

Quédate.

O dame la espalda también, que hay espaldas que dicen más verdad que muchos discursos de madrugada.

Ya hablaremos después, cuando la piel haya vuelto a ser piel y no territorio recién conquistado. Cuando el deseo deje de temblar debajo de la sábana. Cuando la habitación recupere su aspecto civilizado y podamos fingir, con cierta dignidad, que somos personas razonables.

Entonces sí. Entonces dime lo que quieras. Pregúntame qué ha sido esto, qué somos, qué hacemos con esta manera nuestra de buscarnos. Incluso podré responderte alguna cosa medianamente inteligente, aunque tampoco lo prometo.

Pero justo después de hacer el amor, no hables.

No me obligues a traducir lo que acaba de decir el cuerpo.

Porque si ha sido verdad, ya lo ha dicho todo.

Y si no lo ha sido, ninguna palabra lo arreglará.

«Está compuesto por un extracto de la hoja de coca peruana, el vino más puro y la nuez de cola.» (John Stith Pemberton nacido el 8 de julio de 1831 para ser farmacéutico e inventar la fórmula de la “Coca-Cola”. Pemberton tiene algo de personaje trágico: creó una de las marcas más poderosas de la historia, pero no llegó a disfrutar su éxito. Vendió sus derechos poco antes de morir)

Y en julio de 1976 Elton John & Kiki Dee no nos rompieron el corazón si no que nos lo llenaron de alegría con la canción del vídeo.


El pacte del vidre

Es van prometre no trencar-se el cor una tarda de juliol, davant d’un aparador ple de copes fines. Ell en va comprar dues; ella va dir que eren massa fràgils per celebrar res.

Durant anys van brindar amb por, sense gosar tocar-se del tot.

Quan finalment es van separar, cap copa es va esquerdar. Només van quedar damunt la taula, intactes, transparents, inútils.

Aleshores van entendre que el cor no es trenca quan cau.

Es trenca quan ningú s’atreveix a deixar-lo caure.


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