jueves, 17 de septiembre de 2026

 

AVENTUREROS


—He tenido una aventura.

No hace falta añadir mucho más. Si alguien pronuncia esa frase en una comida familiar, las conversaciones se detienen, las cucharas quedan suspendidas entre el plato y la boca y siempre hay alguien que pregunta:

—¿Con quién?

Nunca:

—¿En qué país?

Porque hemos decidido que una aventura, cuando uno alcanza determinada edad, ya no consiste en atravesar el Amazonas, escalar el Everest o perderse tres meses por el sudeste asiático con una mochila. Una aventura consiste, básicamente, en acostarse con alguien que no es la persona con la que uno acostumbra a despertarse.

Curioso.

He buscado la palabra en el diccionario de la Real Academia Española y una de sus acepciones dice: «Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos».

Y entonces lo comprendí.

Llevamos siglos utilizando mal la palabra.

Una aventura no es echar una cana al aire una noche de viernes. Eso, comparado con determinadas relaciones de pareja, es turismo organizado.

La auténtica aventura empieza cuando dos personas se miran un día y deciden vivir juntas.

Ahí sí hay riesgo.

Dos individuos criados por padres distintos, con manías distintas, horarios distintos, formas diferentes de apretar el tubo de pasta de dientes y conceptos incompatibles sobre la temperatura adecuada del aire acondicionado deciden compartir casa, cama, cuenta corriente y, en ocasiones, descendencia.

Hay que tener valor.

Al principio todo resulta sencillo. Uno descubre las pequeñas costumbres del otro y hasta le parecen adorables.

—Qué gracioso, siempre dejas los calcetines ahí.

Diez años después:

—Como vuelvas a dejar los putos calcetines ahí, te juro que…

El amor también consiste en observar cómo determinados diminutivos envejecen mal.

Después llegan las hipotecas, los niños, los suegros, las vacaciones —gran prueba anual de resistencia matrimonial—, las reformas del cuarto de baño, las enfermedades, las facturas, alguna traición pequeña, algún silencio demasiado largo y esa pregunta que un día aparece sin avisar:

«¿Seguimos queriéndonos o simplemente sabemos dónde guardamos los medicamentos?».

Y, sin embargo, algunos continúan.

No porque todos los días sean felices.

Eso sería agotador.

Continúan porque entre una discusión y otra todavía se ríen. Porque uno sabe cómo le gusta el té al otro. Porque cuando llegan malas noticias ya no hace falta preguntar a quién llamar primero. Porque conocen sus cicatrices, sus defectos, sus cobardías y hasta aquello que jamás contarían en una primera cita.

Y siguen allí.

Eso sí que tiene mérito.

En estos tiempos preferimos relaciones con derecho de desistimiento. Si algo no funciona, se devuelve. Si alguien incomoda, se bloquea. Si surge una dificultad, deslizamos el dedo hacia la izquierda por si aparece una persona más compatible.

Nos hemos vuelto prudentes en el amor.

Y probablemente demasiado consumidores.

Por eso quizá escaseen las parejas duraderas. No necesariamente porque amemos menos, sino porque cada vez estamos menos dispuestos a asumir aquello que, según la Real Academia, caracteriza cualquier aventura digna de ese nombre:

un resultado incierto y algunos riesgos.

Así que la próxima vez que alguien me diga:

—Tengo una aventura.

Le preguntaré:

—¿Te has enamorado?

Y si me responde:

—No. Nos hemos ido a vivir juntos.

Entonces sí.

Entonces le desearé suerte.

Porque acabará de empezar la auténtica aventura.

«Lo decisivo no es estar, aquí o allá, sino cómo se está.» (Adolfo Sánchez Vázquez nacido en Algeciras el 17 de setiembre de 1915. Este filósofo se exilió a México en 1939 ya deberéis saber el porqué; allí se quedó hasta su traspaso al otro lado en 2011. También lo poco que he dicho de él os aclarará el sentido de su frase)

Hoy he aprovechado que es el 51 cumpleaños de Álavaro Fuentes músico de La Oreja de Van Gogh, para colocar una canción, Rosas, que me produce una tierna nostalgia que no se explicar... o a lo mejor no quiero.

Les flors que no vas portar

Cada divendres comprava dotze roses.

La florista creia que tenia amant. Les veïnes, que celebrava alguna cosa. Ell no explicava res.

En arribar a casa, les deixava dins el gerro que ella havia oblidat en marxar.

—Tornaràs —deia, com si les paraules poguessin obrir portes.

Van passar mesos. Després anys.

Un divendres no va comprar-ne.

Va tornar a casa amb les mans buides, va agafar el gerro i el va guardar a l’armari.

Aquella nit, per primera vegada, va dormir sense esperar el timbre.

L’endemà van trucar.

Ella portava roses.


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