AVENTUREROS

—He
tenido una aventura.
No
hace falta añadir mucho más. Si alguien pronuncia esa frase en una comida
familiar, las conversaciones se detienen, las cucharas quedan suspendidas entre
el plato y la boca y siempre hay alguien que pregunta:
—¿Con
quién?
Nunca:
—¿En
qué país?
Porque
hemos decidido que una aventura, cuando uno alcanza determinada edad, ya no
consiste en atravesar el Amazonas, escalar el Everest o perderse tres meses por
el sudeste asiático con una mochila. Una aventura consiste, básicamente, en
acostarse con alguien que no es la persona con la que uno acostumbra a
despertarse.
Curioso.
He
buscado la palabra en el diccionario de la Real Academia Española y una de sus
acepciones dice: «Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos».
Y
entonces lo comprendí.
Llevamos
siglos utilizando mal la palabra.
Una
aventura no es echar una cana al aire una noche de viernes. Eso, comparado con
determinadas relaciones de pareja, es turismo organizado.
La
auténtica aventura empieza cuando dos personas se miran un día y deciden vivir
juntas.
Ahí
sí hay riesgo.
Dos
individuos criados por padres distintos, con manías distintas, horarios
distintos, formas diferentes de apretar el tubo de pasta de dientes y conceptos
incompatibles sobre la temperatura adecuada del aire acondicionado deciden
compartir casa, cama, cuenta corriente y, en ocasiones, descendencia.
Hay
que tener valor.
Al
principio todo resulta sencillo. Uno descubre las pequeñas costumbres del otro
y hasta le parecen adorables.
—Qué
gracioso, siempre dejas los calcetines ahí.
Diez
años después:
—Como
vuelvas a dejar los putos calcetines ahí, te juro que…
El
amor también consiste en observar cómo determinados diminutivos envejecen mal.
Después
llegan las hipotecas, los niños, los suegros, las vacaciones —gran prueba anual
de resistencia matrimonial—, las reformas del cuarto de baño, las enfermedades,
las facturas, alguna traición pequeña, algún silencio demasiado largo y esa
pregunta que un día aparece sin avisar:
«¿Seguimos
queriéndonos o simplemente sabemos dónde guardamos los medicamentos?».
Y,
sin embargo, algunos continúan.
No
porque todos los días sean felices.
Eso
sería agotador.
Continúan
porque entre una discusión y otra todavía se ríen. Porque uno sabe cómo le
gusta el té al otro. Porque cuando llegan malas noticias ya no hace falta
preguntar a quién llamar primero. Porque conocen sus cicatrices, sus defectos,
sus cobardías y hasta aquello que jamás contarían en una primera cita.
Y
siguen allí.
Eso
sí que tiene mérito.
En
estos tiempos preferimos relaciones con derecho de desistimiento. Si algo no
funciona, se devuelve. Si alguien incomoda, se bloquea. Si surge una
dificultad, deslizamos el dedo hacia la izquierda por si aparece una persona
más compatible.
Nos
hemos vuelto prudentes en el amor.
Y
probablemente demasiado consumidores.
Por
eso quizá escaseen las parejas duraderas. No necesariamente porque amemos
menos, sino porque cada vez estamos menos dispuestos a asumir aquello que,
según la Real Academia, caracteriza cualquier aventura digna de ese nombre:
un
resultado incierto y algunos riesgos.
Así
que la próxima vez que alguien me diga:
—Tengo
una aventura.
Le
preguntaré:
—¿Te
has enamorado?
Y si
me responde:
—No.
Nos hemos ido a vivir juntos.
Entonces
sí.
Entonces
le desearé suerte.
Porque
acabará de empezar la auténtica aventura.
«Lo decisivo no es
estar, aquí o allá, sino cómo se está.» (Adolfo Sánchez Vázquez nacido en
Algeciras el 17 de setiembre de 1915. Este filósofo se exilió a México en 1939
ya deberéis saber el porqué; allí se quedó hasta su traspaso al otro lado en
2011. También lo poco que he dicho de él os aclarará el sentido de su frase)
Hoy he aprovechado que es el 51 cumpleaños de Álavaro Fuentes músico de La Oreja de Van Gogh, para colocar una canción, Rosas, que me produce una tierna nostalgia que no se explicar... o a lo mejor no quiero.
Les
flors que no vas portar
Cada
divendres comprava dotze roses.
La
florista creia que tenia amant. Les veïnes, que celebrava alguna cosa. Ell no
explicava res.
En
arribar a casa, les deixava dins el gerro que ella havia oblidat en marxar.
—Tornaràs
—deia, com si les paraules poguessin obrir portes.
Van
passar mesos. Després anys.
Un
divendres no va comprar-ne.
Va
tornar a casa amb les mans buides, va agafar el gerro i el va guardar a
l’armari.
Aquella
nit, per primera vegada, va dormir sense esperar el timbre.
L’endemà
van trucar.
Ella
portava roses.
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