miércoles, 26 de noviembre de 2025

VENGANZA

Lo ensayé tantas veces que el recuerdo terminó oliendo a desinfectante de quirófano.

Años de repasar la escena en mi cabeza: el lugar, la hora, el ángulo. El click metálico del seguro, su cara al darse la vuelta, el disparo limpio, yo alejándome sin mirar atrás. Una película de venganza de serie B, pero mía. Lo único que aún me hacía sentir algo parecido a un propósito.

Elegí un bar anodino, de esos en los que la gente entra a matarse lentamente con cerveza barata y conversaciones gastadas. Él venía cada jueves, puntual, como si la rutina le diera coartada moral. Yo lo esperaba en la esquina, pegado a la pared, respirando despacio, la pistola escondida en el bolsillo de la chaqueta que me regaló mamá el último invierno que todavía hablábamos.

Lo vi aparecer: mismo paso seguro, mismo abrigo caro que compró después de venderme. Después de entregarme, mejor dicho. Hay traiciones que vienen con firma y sello, la suya vino con mi nombre en un informe.

Seguí el plan al milímetro. Me acerqué por detrás, conté tres baldosas, dos respiraciones, una duda. Apunté a la nuca. Estiré el brazo. El corazón me golpeaba el pecho como si quisiera desertar en el último momento.

Disparé.

El tiro se fue alto, rozó el marco de la puerta y estalló un espejo. El bar se congeló en un grito mudo. Él se giró, despacio, como si ya supiera qué escena tocaba ahora.

Nuestros ojos se terminaron de parecer en ese instante: mismo color, distinto lado de la historia.

—Hermano… —dijo, como si fuera un saludo casual en una comida de domingo.

Me reconoció. Me desnudó. Me desarmó.

Y entonces sonrió.

No fue una sonrisa de miedo, ni de sorpresa. Fue esa sonrisa suya, mínima, satisfecha, la que ponía cuando todo le salía según lo previsto.

Ahí entendí: mi venganza había llegado tarde.

La suya llevaba años cumplida.

«Ninguna sociedad ha logrado abolir la tristeza humana, ningún sistema político puede librarnos del dolor de vivir, de nuestro miedo a la muerte, de nuestra sed de absoluto. Es la condición humana la que determina la condición social, y no al revés.» (Eugène Ionesco, nacido el 26 de noviembre de 1909 fue dramaturgo; por si no quedaba claro con la fracesita de hoy)

Y hoy uno de l@s músic@s de esa banda que hace canciones sobre los sueños tan bonitas, cumple 80 años; le deseo que cumpla muchos más. 

 

Somnis de vinil

Quan la cançó sona, l’habitació en penombra es torna un passadís d’escenes que no han passat mai. Ella balla descalça sobre el parquet, brindant amb un got d’aigua com si fos xampany car. Jo la miro i entenc que mai no tornarà, perquè només es queda quan el tocadiscos gira. Quan aixeco l’agulla, desapareix el seu perfum, el riure, la promesa. Silenci. Rebobino la ment, no el disc: aquesta vegada decideixo no posar la cançó. Tinc por que, si la torno a escoltar, ja no la recordi a ella, sinó només el buit després del darrer acord.

 

 

 

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