IRÁN TAMBIÉN TIENE MAR

Lo vi en una foto como quien descubre una puerta trasera en una casa ajena: Irán también tiene mar. Y no un charco decorativo para postales de diplomacia, sino una línea de agua seria, con su océano al lado, con su manera de decir aquí se puede llegar.
Me quedé mirando esa costa desierto-mar, tan quieta que parecía inventada para que la realidad descansara un minuto. Pensé en barcos. En flotillas. En cosas que flotan y en cosas que se hunden con dignidad. En personas que viajan dentro de otras personas, como si el cuerpo fuese un pasaporte con miedo. Todo eso cabe en el agua.
Y luego volví al vídeo.Una calle de Teherán. Una mujer cantando una canción de amor preciosa, de esas que te dejan el pecho con una grieta por donde entra aire. No canta para provocar. Canta para vivir. Canta como si el amor fuera una costumbre antigua que alguien intenta prohibir con un sello de goma.
Su voz hace algo raro: abre un espacio. Por un segundo la ciudad se vuelve menos cemento y más piel. La gente alrededor no sabe dónde mirar, porque mirar también es un delito cuando la mirada se convierte en aplauso.
Y entonces aparece el pitido.
No es un sonido: es una firma. Un bip con autoridad, como si la moral tuviera un mando a distancia y alguien, desde algún despacho con alfombra, apretara el botón de “silencio”. La “policía de la moral”, qué nombre más honesto para algo que solo entiende el mundo como un cuarto oscuro: si alguien enciende una luz, lo llama pecado.
Me da rabia que el mar exista y no pueda subir por las avenidas como sube el ruido. Me da rabia que haya un océano entero a unos kilómetros y, sin embargo, ella tenga que jugarse la vida por cantar “te quiero” sin pedir permiso.
Porque lo absurdo no es que Irán tenga mar.
Lo absurdo es que, teniendo mar, haya gente empeñada en ahogar una garganta.
Y aun así, ella canta.
Hasta que suena el pitido otra vez.
Como si el Estado tuviera miedo de lo único que no puede confiscar: una canción que, aunque la corten, ya ha llegado.
Y aquí tenéis el original es de Erfan Tahmasbi y su título es "Khodahafez” (Adiós); como podéis observar todo muy "peligroso".
Adéu amb la boca plena
Va dir “khodahafez” com qui tanca una porta sense mirar enrere. A la vorera, la pluja feia de metrònom i els cotxes escopien llum líquida. Jo vaig somriure —aquest gest de gent que no sap perdre— i vaig tastar el gust metàl·lic del comiat, com una moneda freda sota la llengua. Ella va marxar amb una sola veu, però omplint tot el carrer. I jo, que sempre em crec valent, em vaig quedar quiet, aprenent tard que “adéu” no és una paraula: és un lloc.
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