LA
CENTRAL ELÉCTRICA
A los sesenta y ocho, Julián
decidió tomarse en serio eso de no morirse todavía.
Entró en la tienda con la
solemnidad de quien va a comprar un pedazo de futuro. Le vendieron cápsulas
para las mitocondrias, sobres para el NAD+, una promesa antioxidante y una
palabra nueva cada tres minutos. La dependienta hablaba de sus células como si
dentro de él hubiese una junta de accionistas agotada esperando un rescate.
—Esto le da energía a la vida
—dijo ella.
Julián pagó como pagan los
desesperados: sin discutir.
Al salir, se sentó en un
banco. Abrió el frasco. Lo miró. Luego miró sus manos, las manchas, las uñas,
la piel fina de quien ya ha firmado demasiados inviernos. Guardó la cápsula en
el bolsillo y volvió a casa andando.
Subió las escaleras despacio.
Sin ascensor. Sin épica. Sin música de documental. Llegó jadeando al cuarto
piso, con el corazón dándole golpes al pecho como un inquilino viejo que aún no
quiere marcharse.
En la cocina encontró a su
mujer cortando pan, tomate y un poco de queso. Ella lo miró por encima de las
gafas.
—¿Qué te han vendido ahora?
Julián dejó la bolsa sobre la
mesa.
—Tiempo —dijo.
Ella sonrió con esa crueldad
pequeña que tienen los matrimonios largos, abrió la nevera y respondió:
—No, hombre. Tiempo no vende
nadie. Como mucho, entretenimiento para el miedo.
Cenaron juntos. Despacio.
Hablando de una vecina, de la humedad del baño, de un nieto que pronunciaba mal
la erre. Luego fregaron, barrieron las migas y bajaron a tirar la basura
cogidos del brazo, como dos supervivientes de una guerra doméstica que nadie
iba a condecorar.
Las mitocondrias, mientras
tanto, siguieron a lo suyo en la oscuridad del cuerpo, trabajando sin aplausos.
Y tal vez la longevidad no era
aquello que prometía el bote, sino esa terquedad vulgar de seguir viviendo un
día más sin hacer demasiado ruido, con las piernas aún obedientes, alguien al
lado y una cena sencilla esperando en casa.
«Nosotros mismos morimos cada día.» (Marc-Antoine de Muret,
Muretus para los que saben latín, nació el 12 de abril de 1526 y en su frase
nos recuerda que una vez nacemos ya todo se va para abajo)
David Cassidy es el joven que aparece en el vídeo cantando Daydreamer. Hoy hubiese celebrado su 76 aniversario pero dejó de tener sueños -y recuerdos- a los 67. Me hubiese gustado ver si aún seguía con el aspecto añiñado que lo acompañó siempre.
La cadira del balcó
Cada tarda s’asseia al balcó
com si esperés una visita que la vida li devia des de feia anys. Els veïns
deien que badava. No entenien res. Ella no mirava el carrer: assajava futures
versions d’ella mateixa. En una, reia sense permís. En una altra, marxava sense
donar explicacions. Un dimarts de vent, la cadira va quedar buida. Només hi
havia una tassa, encara tèbia. L’endemà algú va jurar haver-la vist girant la
cantonada amb pas tranquil, com qui finalment entra dins del seu propi somni.

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