domingo, 12 de abril de 2026

 

LA CENTRAL ELÉCTRICA


A los sesenta y ocho, Julián decidió tomarse en serio eso de no morirse todavía.

Entró en la tienda con la solemnidad de quien va a comprar un pedazo de futuro. Le vendieron cápsulas para las mitocondrias, sobres para el NAD+, una promesa antioxidante y una palabra nueva cada tres minutos. La dependienta hablaba de sus células como si dentro de él hubiese una junta de accionistas agotada esperando un rescate.

—Esto le da energía a la vida —dijo ella.

Julián pagó como pagan los desesperados: sin discutir.

Al salir, se sentó en un banco. Abrió el frasco. Lo miró. Luego miró sus manos, las manchas, las uñas, la piel fina de quien ya ha firmado demasiados inviernos. Guardó la cápsula en el bolsillo y volvió a casa andando.

Subió las escaleras despacio. Sin ascensor. Sin épica. Sin música de documental. Llegó jadeando al cuarto piso, con el corazón dándole golpes al pecho como un inquilino viejo que aún no quiere marcharse.

En la cocina encontró a su mujer cortando pan, tomate y un poco de queso. Ella lo miró por encima de las gafas.

—¿Qué te han vendido ahora?

Julián dejó la bolsa sobre la mesa.

—Tiempo —dijo.

Ella sonrió con esa crueldad pequeña que tienen los matrimonios largos, abrió la nevera y respondió:

—No, hombre. Tiempo no vende nadie. Como mucho, entretenimiento para el miedo.

Cenaron juntos. Despacio. Hablando de una vecina, de la humedad del baño, de un nieto que pronunciaba mal la erre. Luego fregaron, barrieron las migas y bajaron a tirar la basura cogidos del brazo, como dos supervivientes de una guerra doméstica que nadie iba a condecorar.

Las mitocondrias, mientras tanto, siguieron a lo suyo en la oscuridad del cuerpo, trabajando sin aplausos.

Y tal vez la longevidad no era aquello que prometía el bote, sino esa terquedad vulgar de seguir viviendo un día más sin hacer demasiado ruido, con las piernas aún obedientes, alguien al lado y una cena sencilla esperando en casa.

«Nosotros mismos morimos cada día.» (Marc-Antoine de Muret, Muretus para los que saben latín, nació el 12 de abril de 1526 y en su frase nos recuerda que una vez nacemos ya todo se va para abajo)

David Cassidy es el joven que aparece en el vídeo cantando Daydreamer. Hoy hubiese celebrado su 76 aniversario pero dejó de tener sueños -y recuerdos- a los 67. Me hubiese gustado ver si aún seguía con el aspecto añiñado que lo acompañó siempre.

La cadira del balcó

Cada tarda s’asseia al balcó com si esperés una visita que la vida li devia des de feia anys. Els veïns deien que badava. No entenien res. Ella no mirava el carrer: assajava futures versions d’ella mateixa. En una, reia sense permís. En una altra, marxava sense donar explicacions. Un dimarts de vent, la cadira va quedar buida. Només hi havia una tassa, encara tèbia. L’endemà algú va jurar haver-la vist girant la cantonada amb pas tranquil, com qui finalment entra dins del seu propi somni.

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