LA
VELOCIDAD DE LOS OTROS

Empecé a caminar raro por
vergüenza.
No por salud, ni por
espiritualidad, ni por esa afición contemporánea a ponerse en paz con uno mismo
en cuanto te duele la espalda. Empecé porque una mañana, al cruzar el parque,
tropecé con mi propio pie delante de una chica que corría como si la persiguiera
una hipoteca. No llegué a caerme, pero hice ese gesto torpe, medio baile, medio
aviso de derrumbe, que a cierta edad ya no tiene gracia ni siquiera para uno
mismo.
Aquella tarde busqué en
internet ejercicios para el equilibrio. Quería algo discreto. Algo que no me
obligara a saltar, ni a jadear, ni a parecer un jubilado en rebeldía. Así
encontré eso de la caminata taichí: andar despacio, mover los brazos con intención,
apoyar el pie como si el suelo también tuviera memoria. Me sonó a chino, claro.
Nunca mejor dicho. Pero al día siguiente salí al parque decidido a hacer el
ridículo en silencio.
Al principio fue humillante.
Mientras yo avanzaba como un
santo artrósico o un ladrón arrepentido, la ciudad seguía con su coreografía de
siempre: repartidores con prisa, ejecutivos en zapatillas caras, madres
empujando carritos y el mundo entero desplazándose como si llegar cinco minutos
antes fuera a salvarle de la muerte. Yo, en cambio, iba lento. Tan lento que
una anciana me adelantó y, al pasar junto a mí, me dijo:
—No te me mueras ahora, guapo.
Aquello, lejos de hundirme, me
dio cierta alegría. Todavía había alguien que me llamaba guapo y además me
concedía unos minutos más de vida.
Seguí.
Descubrí que mi cuerpo
protestaba menos cuando dejaba de tratarlo como a un enemigo torpe. Que la
rodilla no dolía igual si no la obligaba a obedecer de golpe. Que el aire
entraba mejor cuando no quería convertir cada paseo en una competición absurda
contra hombres más jóvenes, más delgados o más imbéciles que yo. Descubrí
también que los árboles no tienen prisa. Ni los bancos. Ni la luz de las ocho
de la mañana sobre la grava húmeda.
Lo más raro fue otra cosa:
empecé a notar que no caminaba para no caerme, sino para volver.
Volver a mí, quiero decir. A
este cuerpo que ya no sirve para ciertas hazañas, pero todavía sabe sostenerme.
A esta edad en la que uno empieza a entender que la elegancia no consiste en
correr más que nadie, sino en no derrumbarse por dentro mientras finge que
llega a todo.
Ahora camino así cada mañana.
Despacio. Respirando. Con una
dignidad un poco ridícula, sí, pero mía.
Y por primera vez en muchos
años, no siento que voy tarde.
«Vence la ira con la no ira; al mal con el bien; al avaro con la generosidad; al mentiroso con la verdad.» (Si esto ya se sabía cuando vivía Gautama Buda -entre el 563 al11 de abril del 483 a d. C, me pregunto porque poc@s han seguido sus instrucciones ¿Será que es muy complicado?)
Stuart Adamson cumpliría hoy 68 años; llegó hasta los 43 y únicamente quedó la sombra de su guitarra seguramente heredaría algún compañero suyo de Big Country.
L’ombra que es queda
Quan ella va marxar, no es va
endur res: ni els llibres, ni la tassa esquerdada, ni aquell jersei que feia
olor de diumenge. Va deixar el pitjor, que sempre surt gratis: la seva forma
d’estar-se. Des d’aleshores, a casa hi ha una ombra que obre calaixos, s’asseu
al sofà i em mira amb la seva paciència de difunta mal educada. Jo li parlo de
vegades. No per amor. Per costum. Que és una manera bastant més humiliant de no
superar ningú.
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