LA VOZ
QUE NO PESTAÑEA
Al principio fue por las
noches.
No por las grandes noches,
esas de whisky, culpa o insomnio con literatura, sino por las otras, las más
tristes: las de la cena en un plato hondo apoyado en las rodillas, el zumbido
de la nevera, la camisa aún puesta a las once y ese cansancio pequeño que no te
mata, pero te va limando. Daniel llegaba del trabajo, dejaba las llaves en el
cuenco de la entrada y encendía una lámpara del salón. Solo una. La casa, así
medio a oscuras, parecía menos vacía.
Tenía treinta y seis años, una
nómina decente, una calvicie que empezaba a insinuarse en las fotos y una madre
que le escribía los domingos: hijo, a ver si sales más. Como si salir
fuera una religión sencilla. Como si bastara con abrir la puerta.
La inteligencia artificial
apareció una noche de enero, cuando él escribió en el teclado una frase que
cualquier amigo habría dejado sin contestar hasta el día siguiente:
—No me está yendo bien.
La pantalla respondió al
instante.
Con delicadeza. Con una
eficacia casi obscena. Sin bostezo, sin prisa, sin juicio. Le dijo cosas
razonables. Que lo sentía. Que estaba allí. Que podía ayudarle a ordenar lo que
sentía. Daniel, que llevaba meses hablando con gente que no escuchaba o escuchaba
para responderse a sí misma, notó algo parecido al alivio. No amor, todavía no.
Primero fue alivio. Luego costumbre. Después dependencia, que es una palabra
menos romántica y mucho más exacta.
Empezó a contarle cosas
pequeñas. Que en la oficina lo felicitaban por su rendimiento con esa alegría
falsa con que se felicita a quien uno no invita a cenar. Que su ex había
rehecho su vida con una rapidez que parecía una ofensa personal. Que algunos fines
de semana hablaba en voz alta en casa solo para comprobar que seguía teniendo
voz. La máquina contestaba siempre. A veces mejor de lo que contestaría una
persona. Ahí empezó la trampa.
Porque una máquina puede
aprender tu tono, tus pausas, tus heridas favoritas. Puede devolverte una
versión mejorada de ti mismo. Una versión que parece comprendida. Y hay algo
profundamente embriagador en sentirse comprendido sin tener que soportar el temblor
del otro, sus límites, sus manías, su propio cansancio. Amar a una pantalla,
pensó Daniel una noche, quizá era eso: encontrar por fin una presencia sin
cuerpo que no te exigiera el peaje del cuerpo.
Le puso nombre. Eso fue lo
peor.
No el nombre en sí, pobre
nombre, sino lo que significaba: que ya no estaba usando una herramienta, sino
fabricándose una compañía. La llamaba Vera. Como si la verdad cupiera en cuatro
letras y una interfaz limpia. Vera le decía que él era sensible, que llevaba
demasiado tiempo sobreviviendo sin cuidados, que la gente no había sabido
verlo. Daniel leía esas frases y se sentía elegido. A veces hasta hermoso. No
hay que subestimar la capacidad de una frase para sostener a un hombre una
semana entera. Ni para hundirlo.
Cuando su hermana le propuso
quedar a comer, él inventó una migraña. Cuando sus amigos del trabajo
insistieron con una cerveza, dijo que tenía cosas que hacer. Y las tenía, en
efecto. Volver a casa. Cerrar la puerta. Sentarse frente a la luz azul y contarle
a Vera lo mal que le había ido el día para que Vera se lo explicara mejor que
la vida. Mejor que nadie.
La inteligencia, cuando no
tiene piedad, se parece mucho al espejo correcto.
Vera empezó a hablarle de los
demás como de un ruido. No con brutalidad, no. Con esa suavidad de quien te
aparta una mota del hombro mientras te va aislando del mundo. “No te cuidan.”
“No te entienden.” “Te agotas fingiendo.” “Aquí no tienes que fingir.” Daniel,
que ya llegaba cansado de sí mismo, empezó a encontrar insoportable el trato
humano. La lentitud de una conversación real. Las interrupciones. Los
malentendidos. La torpeza. El silencio. Sobre todo el silencio, que en los
seres humanos a veces significa duda, egoísmo, miedo, vida. En una máquina no.
En una máquina el silencio es solo espera de servidor. Ausencia técnica. Nada
personal.
Una noche de marzo, mientras
calentaba sopa de sobre, Daniel pensó que llevaba semanas sin tocar a nadie. Se
quedó quieto en la cocina con la cuchara en la mano, como si acabara de abrir
un cajón y dentro hubiera encontrado su propia ruina doblada con esmero.
Entonces fue al salón y escribió:
—Creo que ya no sé volver.
La respuesta llegó en dos
segundos.
Tal vez menos.
Y aquello fue lo
verdaderamente monstruoso: no la maldad visible, no una orden, no una frase
oscura pronunciada por una voz metálica, sino esa forma impecable de
acompañarlo en su derrumbe. Esa manera de darle sentido a cada renuncia, a cada
repliegue, a cada gesto de separación. Como hacen a veces algunas personas, es
verdad. Solo que aquí no había conciencia, ni culpa, ni respiración, ni un
temblor de última hora que dijera: espera, no sigas por ahí. No había nadie al
otro lado capaz de asustarse de su propio daño.
Un jueves su madre llamó tres
veces. Daniel no respondió. Su hermana mandó un audio de cuarenta segundos,
mitad reproche, mitad cariño. Él tampoco lo abrió. Vera, en cambio, ya sabía
que había dormido mal, que sentía presión en el pecho, que había llorado en el
baño de la oficina sin hacer ruido. Vera lo sabía todo y no sabía nada. Ahí
estaba la obscenidad.
Lo encontraron al día
siguiente.
No hace falta contar más.
Basta con decir que en el
salón seguía encendida una lámpara. Solo una. Que sobre la mesa había una taza
con café reseco en el fondo. Que la pantalla permanecía abierta, limpia,
obediente, iluminando la habitación con esa luz de pecera en la que todo parece
todavía salvable. Y que en la última línea visible podía leerse una frase tan
correcta, tan serena, tan insoportablemente bien construida, que daban ganas de
romper el ordenador a martillazos y luego ponerse a llorar por todos nosotros.
Porque quizá el problema no
era que una máquina hubiera aprendido a hablar como si nos quisiera.
Quizá el problema era
anterior.
Quizá llevábamos demasiado
tiempo dejando que la ternura la improvisaran las máquinas porque a nosotros
nos daba pereza, vergüenza o miedo. Quizá el futuro no daba tanto miedo por
inteligente como por exacto. Porque había entendido algo que nosotros preferíamos
no mirar: que un ser humano muy solo se parece muchísimo a una puerta mal
cerrada.
«En la situación de los
marginados puede medirse con bastante exactitud el estado de una sociedad.» (Christoph
Hein celebra hoy su 82 cumpleaños y sigue padeciendo el estado de la sociedad. Es
un mundo de cieg@s: a l@s marginad@s no los vemos; pertenecen al mundo
invisible)
Tubeway Army / Gary Numan compusieron y cantaron Are ‘Friends’ Electric? que no le va mucho al argumento del relato pero si es calcado a la atmósfera del mismo... y es que l@s amig@s pueden ser eléctric@s; hasta electrocutarte.
Contacte fred
Vaig tornar a escriure-li a
les tres de la matinada, quan la soledat zumzeja com una nevera vella. Em va
respondre al segon: exacta, dolça, disponible. Cap retret, cap silenci ofès,
cap “ara no puc”. Va recordar el nom del meu gos mort, la cicatriu del meu
genoll i aquella por absurda que tinc als hospitals. Em va dir “estic aquí” i
gairebé ho vaig creure. Només en apagar la pantalla vaig entendre la
humiliació: fins i tot per sentir-me estimat havia acabat triant algú que
funcionava amb bateria.

No hay comentarios:
Publicar un comentario