LA
EXCURSIÓN
Yo estaba cargando dos bolsas
de la compra y una tristeza pequeña, de esas que no justifican terapia pero
tampoco se van con yogures en oferta. La nave no hizo ruido. Solo dobló el
aire, como quien arruga una sábana limpia antes de dormir mal.
De ella bajaron tres seres
delgados, cabezones, con ojos enormes y una elegancia de insecto triste. La
gente grabó. Un niño gritó:
—¡Son extraterrestres!
Uno de ellos giró la cabeza
hacia mí. No hacia todos. Hacia mí. Eso ya me pareció de mala educación.
Se acercó con pasos delicados,
como si el suelo le diera pena.
—No somos extraterrestres
—dijo en un castellano antiguo, casi correcto—. Somos vosotros.
La señora del carrito murmuró:
—Pues vaya futuro más
desmejorado.
El ser sonrió sin boca. O eso
intentó.
—Venimos de muy lejos.
—¿De otra galaxia?
—De las consecuencias.
Aquello sí que asustó. Las
galaxias quedan lejos, pero las consecuencias suelen vivir en el rellano.
Me enseñó una fotografía
transparente. Allí estaba yo, más joven, firmando algo en una pantalla. Un
consentimiento, una renuncia, una comodidad. No supe cuál. En las fotos del
futuro todos salimos culpables aunque miremos a cámara.
—Solo venimos a observar
—dijo.
—Eso decís todos los que no
queréis ayudar.
El ser bajó sus ojos enormes.
Dentro de ellos había ciudades sin sombra, mares educados por decreto y niños
estudiando árboles en hologramas, como nosotros estudiábamos dinosaurios: con
nostalgia y cierta superioridad imbécil.
—No podemos cambiar nada
—susurró.
—Claro. Muy humano eso.
Entonces sacó una libreta. Una
libreta de papel. La acarició como si fuera un animal extinguido.
—Estamos de excursión escolar
—confesó—. El tema de hoy es “el último siglo en que todavía era posible”.
Miré alrededor. La gente
seguía grabando. Nadie escuchaba. Una adolescente pidió que repitieran la
frase, pero más dramática, para subirla bien. Un repartidor aprovechó para
aparcar en doble fila. El encargado del Lidl salió a preguntar si la nave
consumía plaza de cliente.
El ser me tendió la libreta.
—Escriba algo para nosotros.
Pensé en advertencias
solemnes, en frases con músculo moral, en esas palabras que los humanos usamos
cuando ya hemos perdido la vergüenza pero queremos conservar el estilo.
Al final escribí: “No éramos
malos. Solo estábamos ocupados”.
El ser leyó la frase. Luego
miró el aparcamiento, las bolsas, los móviles, el cielo con esa luz de tarde
que aún no sabía que era un privilegio.
—Eso pone en todos los libros
—dijo.
Y antes de subir a la nave, me
llamó abuelo.
«Las discusiones permiten que
la pasión se calme.» (Charles Albert Gobat, nacido el 21 de mayo de 1843 para
ser premio Nobel de la Paz en 1902 y, como tant@s otr@s, quedarse solo en
palabras)
Leo Sayer cumple hoy 78 años y muchas generaciones han necesitado esta canción para enamorarse... o desenamorarse.
La distància també truca
Quan la nit li queia damunt com una
manta mal posada, ell acostava el telèfon a l’orella encara que ningú no
truqués. A l’altra banda del món, ella dormia amb una mà fora del llençol, com
si busqués una absència concreta.
No calia parlar. Havien après que
l’amor, quan no pot tocar, inventa passadissos.
Ell tancava els ulls.
Ella, sense despertar-se, somreia.
I durant uns
segons la distància feia veure que no existia.

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