LA
PARADA

Subía cada mañana en la misma
parada. Abrigo rojo, un libro apretado contra el pecho y esa sonrisa de quien
todavía no ha discutido con nadie.
Yo ya había hecho el resto.
Nos casaríamos en primavera
porque en otoño llueve demasiado. Tendríamos dos hijos: una niña con sus ojos y
un niño con mi facilidad para llegar tarde. Compraríamos un piso con una
hipoteca razonable, discutiríamos por dónde pasar la Navidad y ella leería en
la cama mientras yo fingía que la luz no me molestaba. A veces nos besaríamos
en la cocina mientras se quemaba la cena.
Lo normal. Lo importante.
Aquella mañana reuní el valor
necesario para iniciar una vida entera.
—Buenos días.
Levantó la mirada del libro.
—Buenos días.
Y siguió leyendo.
No me gustó. Había respondido
con demasiada naturalidad, como si saludara así a cualquiera. Pensé que quizá
era una mujer excesivamente moderna, de esas que hablan con desconocidos y
después pretenden que uno confíe. Yo, para ciertas cosas, soy tradicional.
En la siguiente parada cerró
el libro, se levantó y bajó sin mirarme.
El tranvía continuó.
Yo no.
Durante unos minutos contemplé
su asiento vacío, intentando decidir con quién se quedarían los niños.
«Nada mitiga tanto el dolor
como poder decirlo o llorarlo: en un caso se convierte en palabras; en el otro,
en agua.» (Acertada frase de un filósofo: Johann Eduard Erdmann nacido el 13 de
junio de 1805. Solo le faltó decir que el agua era salada y las palabras,
amargas)
La clau per dins
Ell va tancar la porta
convençut que ella correria darrere seu.
Ella va recollir els vidres
del gerro, va esborrar el seu nom de la bústia i va sopar directament de la
paella. Després va ballar descalça pel passadís, malament i sense demanar
perdó.
A mitjanit, ell va tornar.
—Obre. Sé que encara
m’estimes.
Ella va mirar la clau posada
per dins.
—Potser sí —va respondre—.
Però ja no és motiu suficient.
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