HORAS EXTRAS
A
las nueve de la noche, cuando apagaron las luces de la planta, él levantó la
mano desde su despacho.
—Yo
me quedo.
La
limpiadora ya conocía la frase. La escuchaba casi todos los días.
—Algún
día tendrá que irse a casa, don Emilio.
—Tengo
mucho trabajo.
Ella
no insistía. Vaciaba la papelera, pasaba un paño por la mesa y dejaba intactos
aquellos montones de documentos que parecían justificar una vida entera.
Emilio
llegaba el primero y se marchaba el último. Contestaba correos a horas en que
nadie esperaba respuesta, convocaba reuniones innecesarias, corregía informes
ya corregidos y pedía estadísticas que luego no leía.
En
la empresa lo admiraban.
—Ese
hombre vive para el trabajo.
Y
era verdad, aunque no exactamente como ellos pensaban.
A
las diez y cuarto cerró el ordenador.
No
porque hubiese terminado.
Nunca
terminaba.
Bajó
al aparcamiento despacio. Entró en el coche, puso las manos sobre el volante y
permaneció allí unos minutos sin arrancar.
En
casa no le esperaba nadie.
Su
mujer se había marchado hacía tres años. Los hijos llamaban algún domingo,
cuando se acordaban o cuando necesitaban algo. Los amigos habían ido
desapareciendo víctimas del matrimonio, la distancia, la pereza o simplemente
del tiempo. Ni siquiera tenía perro porque decía que un animal exigía demasiada
dedicación.
Miró
el reloj.
Las
diez y veintisiete.
Demasiado
pronto para acostarse.
Pensó
entonces en aquel informe de ventas que había dejado sobre la mesa.
Podía
revisarlo otra vez.
Encendió
el motor, salió del aparcamiento, dio la vuelta a la manzana y regresó a la
oficina.
La
limpiadora lo vio entrar.
—¿Se
ha olvidado algo?
Emilio
sonrió.
—Sí.
Tengo trabajo pendiente.
Y
ella comprendió que no era cierto.
Porque
algunos trabajan para ganarse la vida.
Y
otros para no tener que vivirla.
«Sé humano con los
demás; sé ciudadano entre tus conciudadanos.» (Kondrati Fiódorovich Ryléyev
nacido el 18 de setiembre de 1795 para ser poeta, revolucionario decembrista
-ruso, por supuesto- y ciudadano como ninguno)
L’Inventari
Quan
va morir, els fills van repartir-se la casa.
Un
es va quedar els quadres. L’altra, els llibres. Els nets discutiren pel
rellotge antic. Ningú volia la roba.
Al
fons d’un calaix trobaren una llibreta amb una sola frase:
«He
treballat tota la vida per tenir coses que vosaltres discutireu durant una
tarda.»
Van
callar.
Després
continuaren discutint.
Quan
marxaren, una finestra havia quedat oberta. El vent entrà al menjador, aixecà
una fotografia familiar i la deixà caure a terra.
Cap
d’ells ho va veure.
Ja
eren al notari.

Excelente!
ResponderEliminarTiene además una idea muy humana: heredamos objetos, pero no necesariamente heredamos la capacidad de reconocer lo importante.
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