jueves, 1 de octubre de 2026

 

UNA EDAD SIN NOMBRE

El otro día vi a un hombre de unos setenta años salir del gimnasio con una mochila a la espalda y el teléfono móvil en la mano. Se detuvo en la acera, contestó un mensaje, se colocó los auriculares y siguió caminando a buen paso.

Nada extraordinario.

Precisamente por eso me fijé en él.

Hace no demasiados años, un hombre de setenta tenía ya asignado un papel bastante concreto en la representación de la vida. Debía ser abuelo, jubilado, jugar la partida por las tardes, vigilar alguna obra pública y empezar determinadas conversaciones diciendo aquello de «cuando yo era joven».

Ahora resulta que muchos siguen siendo jóvenes.

O algo parecido.

El problema es que no sabemos cómo llamarlos.

«Sexagenario» parece una palabra escrita por un funcionario del Registro Civil. «Tercera edad» suena a planta de hospital. «Persona mayor» depende mucho de quién la pronuncie. Y «viejo» continúa teniendo una mala prensa que probablemente no merece.

Se inventó incluso la palabra sexalescencia para definir esta nueva etapa. No está mal, aunque suena un poco a enfermedad de transmisión sexual.

Lo cierto es que quienes hoy tienen sesenta o setenta años han llegado hasta ahí de una manera bastante distinta a como llegaron sus padres.

No todos, por supuesto. La edad tampoco es democrática: reparte años por igual, pero no salud, dinero, compañía ni suerte.

Pero hay algo que sí ha cambiado.

Muchos han llegado a los sesenta sin sentirse en la sala de espera de nada.

Trabajan porque quieren o porque todavía tienen que hacerlo. Algunos se jubilan encantados y descubren, con cierto asombro, que el mundo continúa funcionando sin ellos. Otros retrasan la jubilación porque disfrutan de lo que hacen o porque sospechan que levantarse un lunes sin ninguna obligación puede ser maravilloso durante tres semanas y bastante más complicado a partir de la cuarta.

Durante buena parte de nuestra vida nos enseñaron que el trabajo dignificaba.

Debe de ser cierto.

Aunque algunas reuniones de empresa hacen dudar seriamente de ello.

Después vienen los hijos, las hipotecas, las facturas, los padres que empiezan a necesitarte cuando tú creías que ya habías terminado de necesitar a los tuyos. Y un día, casi sin darte cuenta, parte de todo aquello se ha ido resolviendo.

Los hijos se marchan.

La hipoteca, con suerte, termina.

Los lunes dejan de tener tanta autoridad.

Y aparece algo que durante décadas parecía un lujo.

Tiempo.

Tiempo para caminar sin ir a ninguna parte.

Para leer veinte páginas y quedarse dormido en la veintiuna.

Para sentarse frente al mar sin sentir la obligación de aprovechar el momento.

Para mirar desde una ventana cómo una paloma picotea una terraza y dedicarle cinco minutos de tu vida sin preguntarte si podrías estar haciendo algo más productivo.

Eso también debe de ser progreso.

Las mujeres de esta generación conocen especialmente bien cuánto ha cambiado el paisaje.

Muchas vieron a sus madres pedir permiso para cosas que ellas, años después, simplemente hicieron.

Estudiaron.

Trabajaron.

Ganaron dinero.

Se divorciaron.

Decidieron tener hijos o no tenerlos.

Aprendieron a vivir solas, acompañadas o alternativamente ambas cosas.

No hubo una liberación limpia ni instantánea. Hubo contradicciones, errores, culpas heredadas y alguna factura que todavía continúa llegando.

Pero conquistaron algo bastante importante: la posibilidad de equivocarse por cuenta propia.

Quizá esa sea una de las libertades más difíciles de conseguir.

Los hombres también hemos tenido que aprender algunas cosas. Algunas deprisa. Otras bastante mal.

Descubrimos, por ejemplo, que nuestros padres no tenían siempre razón. Que llorar no provoca impotencia. Que cambiar un pañal no altera los cromosomas. Que cocinar puede ser algo más que abrir una lata y que una mujer que gana más dinero que tú no constituye una anomalía de la naturaleza.

Todavía quedan algunos resistentes.

La evolución nunca consigue el cien por cien de participación.

Y mientras todo esto sucedía llegó internet, el móvil, WhatsApp, las videollamadas, las redes sociales, la inteligencia artificial y toda esa tecnología que supuestamente iba a dejarnos fuera de juego.

Pues no.

Ahí estamos.

Mandando mensajes, haciendo fotografías, comprando billetes de avión, hablando con nuestros hijos al otro lado del mundo y preguntándole a una inteligencia artificial por qué demonios la impresora ha decidido dejar de imprimir precisamente hoy.

No nacimos digitales.

Tuvimos que aprender.

Quizá por eso todavía distinguimos, algunas veces, entre estar comunicados y estar acompañados.

También hemos aprendido algo sobre el cuerpo.

A los veinte años uno cree que el cuerpo le pertenece.

A los setenta descubre que estaba alquilado.

Empieza a protestar una rodilla. Luego la espalda. El médico incorpora nuevas palabras a nuestras conversaciones y las analíticas adquieren una relevancia narrativa que jamás hubiéramos imaginado.

Pero uno se acostumbra.

Negociamos con nuestros achaques.

Tú no me fastidias demasiado por la mañana y yo prometo no subir corriendo las escaleras.

Hay pactos que funcionan mejor que algunos matrimonios.

Y está la belleza.

A cierta edad uno empieza a comprender que la belleza tampoco era exactamente aquello que nos habían contado.

Seguimos mirando a los jóvenes, naturalmente. Sería absurdo negar que un cuerpo de veinticinco años posee unas ventajas evidentes sobre otro de setenta.

Pero ya no competimos en esa liga.

Ni falta que hace.

Porque aparecen otras cosas.

Una mirada que entiende antes de que termines la frase.

Una conversación que no necesita demostrar nada.

Una mano que conoce dónde tocar.

Una sonrisa que ha sobrevivido a unas cuantas desgracias.

El deseo tampoco desaparece. Cambia de modales.

A veces incluso mejora.

Tiene menos prisa.

Y más memoria.

Por eso quizá el error consiste en empeñarnos en poner nombre a esta edad.

Durante siglos la vida fue una especie de escalera perfectamente señalizada: infancia, juventud, madurez y vejez. Subías los peldaños y sabías dónde estabas.

Ahora alguien ha cambiado la escalera.

Entre la madurez y la vejez ha aparecido una planta nueva.

Todavía están colocando los muebles.

Allí hay hombres y mujeres de sesenta, setenta y algunos más que viajan, se enamoran, se separan, trabajan, hacen deporte, cuidan nietos, escriben libros, empiezan proyectos, aprenden cosas y de vez en cuando se levantan por la mañana con dolor en algún lugar que la noche anterior desconocían que existía.

No son jóvenes.

Tampoco necesitan serlo.

Eso quizá sea lo interesante.

Han llegado a una edad en la que empiezan a desprenderse de una obligación que nos persigue durante buena parte de la vida: demostrar quiénes somos.

Ya lo sabemos.

Más o menos.

Y si todavía no lo sabemos, a estas alturas tampoco vamos a dramatizar.

Tal vez por eso algunos sonríen cuando sale el sol.

No porque hayan descubierto ningún secreto reservado a los habitantes del siglo XXI.

Es algo bastante más sencillo.

Saben que hay menos mañanas por delante que por detrás.

Y, precisamente por eso, cuando llega una, procuran no desperdiciarla preguntándose cómo demonios deberían llamarla.

«El vínculo de nuestra humanidad común es más fuerte que las divisiones provocadas por nuestros miedos y prejuicios.» (Jimmy Carter además de ser el autor de la frase, fue otras muchas más cosas: gobernador de Georgia, presidente de los Estados Unidos y, como a todos los presidentes de los EEUU, premio Nobel de la Paz. Hoy hubiese cumplido 102 años; llegó, “deunidó, hasta los 100)

Andrés do Barro nació el 1 de octubre de 1947 y se fue -en tren no- antes de cumplir los 42. Seguro que no estaba pensando en "rodalies" cuando le cantó a "O tren". 


El seient del costat

Vaig pujar al tren amb una maleta petita i quaranta anys de retard.

A l’altra banda del passadís, una dona dormia contra el vidre. La trena. Les mans. O potser només era la llum.

Quan va obrir els ulls, em va mirar un instant massa llarg.

—Perdoni —vaig dir.

Ella va somriure. Res més.

Quan el tren va vorejar el Miño, vaig treure una fotografia antiga de la cartera. Al revers, una frase:

«Et vaig esperar fins a l’últim tren.»

En aixecar el cap, el seient del davant era buit.

No vaig saber si acabava de perdre-la o de recordar-la.

 


3 comentarios:

  1. Quizá lo que ha cambiado no es la edad, sino la manera de vivirla. Setenta años ya no caben en un papel escrito de antemano. Y menos mal.

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