UNA EDAD SIN NOMBRE

El
otro día vi a un hombre de unos setenta años salir del gimnasio con una mochila
a la espalda y el teléfono móvil en la mano. Se detuvo en la acera, contestó un
mensaje, se colocó los auriculares y siguió caminando a buen paso.
Nada
extraordinario.
Precisamente
por eso me fijé en él.
Hace
no demasiados años, un hombre de setenta tenía ya asignado un papel bastante
concreto en la representación de la vida. Debía ser abuelo, jubilado, jugar la
partida por las tardes, vigilar alguna obra pública y empezar determinadas
conversaciones diciendo aquello de «cuando yo era joven».
Ahora
resulta que muchos siguen siendo jóvenes.
O
algo parecido.
El
problema es que no sabemos cómo llamarlos.
«Sexagenario»
parece una palabra escrita por un funcionario del Registro Civil. «Tercera
edad» suena a planta de hospital. «Persona mayor» depende mucho de quién la
pronuncie. Y «viejo» continúa teniendo una mala prensa que probablemente no
merece.
Se
inventó incluso la palabra sexalescencia para definir esta nueva etapa.
No está mal, aunque suena un poco a enfermedad de transmisión sexual.
Lo
cierto es que quienes hoy tienen sesenta o setenta años han llegado hasta ahí
de una manera bastante distinta a como llegaron sus padres.
No
todos, por supuesto. La edad tampoco es democrática: reparte años por igual,
pero no salud, dinero, compañía ni suerte.
Pero
hay algo que sí ha cambiado.
Muchos
han llegado a los sesenta sin sentirse en la sala de espera de nada.
Trabajan
porque quieren o porque todavía tienen que hacerlo. Algunos se jubilan
encantados y descubren, con cierto asombro, que el mundo continúa funcionando
sin ellos. Otros retrasan la jubilación porque disfrutan de lo que hacen o
porque sospechan que levantarse un lunes sin ninguna obligación puede ser
maravilloso durante tres semanas y bastante más complicado a partir de la
cuarta.
Durante
buena parte de nuestra vida nos enseñaron que el trabajo dignificaba.
Debe
de ser cierto.
Aunque
algunas reuniones de empresa hacen dudar seriamente de ello.
Después
vienen los hijos, las hipotecas, las facturas, los padres que empiezan a
necesitarte cuando tú creías que ya habías terminado de necesitar a los tuyos.
Y un día, casi sin darte cuenta, parte de todo aquello se ha ido resolviendo.
Los
hijos se marchan.
La
hipoteca, con suerte, termina.
Los
lunes dejan de tener tanta autoridad.
Y
aparece algo que durante décadas parecía un lujo.
Tiempo.
Tiempo
para caminar sin ir a ninguna parte.
Para
leer veinte páginas y quedarse dormido en la veintiuna.
Para
sentarse frente al mar sin sentir la obligación de aprovechar el momento.
Para
mirar desde una ventana cómo una paloma picotea una terraza y dedicarle cinco
minutos de tu vida sin preguntarte si podrías estar haciendo algo más
productivo.
Eso
también debe de ser progreso.
Las
mujeres de esta generación conocen especialmente bien cuánto ha cambiado el
paisaje.
Muchas
vieron a sus madres pedir permiso para cosas que ellas, años después,
simplemente hicieron.
Estudiaron.
Trabajaron.
Ganaron
dinero.
Se
divorciaron.
Decidieron
tener hijos o no tenerlos.
Aprendieron
a vivir solas, acompañadas o alternativamente ambas cosas.
No
hubo una liberación limpia ni instantánea. Hubo contradicciones, errores,
culpas heredadas y alguna factura que todavía continúa llegando.
Pero
conquistaron algo bastante importante: la posibilidad de equivocarse por cuenta
propia.
Quizá
esa sea una de las libertades más difíciles de conseguir.
Los
hombres también hemos tenido que aprender algunas cosas. Algunas deprisa. Otras
bastante mal.
Descubrimos,
por ejemplo, que nuestros padres no tenían siempre razón. Que llorar no provoca
impotencia. Que cambiar un pañal no altera los cromosomas. Que cocinar puede
ser algo más que abrir una lata y que una mujer que gana más dinero que tú no
constituye una anomalía de la naturaleza.
Todavía
quedan algunos resistentes.
La
evolución nunca consigue el cien por cien de participación.
Y
mientras todo esto sucedía llegó internet, el móvil, WhatsApp, las
videollamadas, las redes sociales, la inteligencia artificial y toda esa
tecnología que supuestamente iba a dejarnos fuera de juego.
Pues
no.
Ahí
estamos.
Mandando
mensajes, haciendo fotografías, comprando billetes de avión, hablando con
nuestros hijos al otro lado del mundo y preguntándole a una inteligencia
artificial por qué demonios la impresora ha decidido dejar de imprimir
precisamente hoy.
No
nacimos digitales.
Tuvimos
que aprender.
Quizá
por eso todavía distinguimos, algunas veces, entre estar comunicados y estar
acompañados.
También
hemos aprendido algo sobre el cuerpo.
A
los veinte años uno cree que el cuerpo le pertenece.
A
los setenta descubre que estaba alquilado.
Empieza
a protestar una rodilla. Luego la espalda. El médico incorpora nuevas palabras
a nuestras conversaciones y las analíticas adquieren una relevancia narrativa
que jamás hubiéramos imaginado.
Pero
uno se acostumbra.
Negociamos
con nuestros achaques.
Tú
no me fastidias demasiado por la mañana y yo prometo no subir corriendo las
escaleras.
Hay
pactos que funcionan mejor que algunos matrimonios.
Y
está la belleza.
A
cierta edad uno empieza a comprender que la belleza tampoco era exactamente
aquello que nos habían contado.
Seguimos
mirando a los jóvenes, naturalmente. Sería absurdo negar que un cuerpo de
veinticinco años posee unas ventajas evidentes sobre otro de setenta.
Pero
ya no competimos en esa liga.
Ni
falta que hace.
Porque
aparecen otras cosas.
Una
mirada que entiende antes de que termines la frase.
Una
conversación que no necesita demostrar nada.
Una
mano que conoce dónde tocar.
Una
sonrisa que ha sobrevivido a unas cuantas desgracias.
El
deseo tampoco desaparece. Cambia de modales.
A
veces incluso mejora.
Tiene
menos prisa.
Y
más memoria.
Por
eso quizá el error consiste en empeñarnos en poner nombre a esta edad.
Durante
siglos la vida fue una especie de escalera perfectamente señalizada: infancia,
juventud, madurez y vejez. Subías los peldaños y sabías dónde estabas.
Ahora
alguien ha cambiado la escalera.
Entre
la madurez y la vejez ha aparecido una planta nueva.
Todavía
están colocando los muebles.
Allí
hay hombres y mujeres de sesenta, setenta y algunos más que viajan, se
enamoran, se separan, trabajan, hacen deporte, cuidan nietos, escriben libros,
empiezan proyectos, aprenden cosas y de vez en cuando se levantan por la mañana
con dolor en algún lugar que la noche anterior desconocían que existía.
No
son jóvenes.
Tampoco
necesitan serlo.
Eso
quizá sea lo interesante.
Han
llegado a una edad en la que empiezan a desprenderse de una obligación que nos
persigue durante buena parte de la vida: demostrar quiénes somos.
Ya
lo sabemos.
Más
o menos.
Y si
todavía no lo sabemos, a estas alturas tampoco vamos a dramatizar.
Tal
vez por eso algunos sonríen cuando sale el sol.
No
porque hayan descubierto ningún secreto reservado a los habitantes del siglo
XXI.
Es
algo bastante más sencillo.
Saben
que hay menos mañanas por delante que por detrás.
Y,
precisamente por eso, cuando llega una, procuran no desperdiciarla
preguntándose cómo demonios deberían llamarla.
«El vínculo de nuestra
humanidad común es más fuerte que las divisiones provocadas por nuestros miedos
y prejuicios.» (Jimmy Carter además de ser el autor de la frase, fue otras muchas más
cosas: gobernador de Georgia, presidente de los Estados Unidos y, como a todos
los presidentes de los EEUU, premio Nobel de la Paz. Hoy hubiese cumplido 102
años; llegó, “deunidó, hasta los 100)
Andrés do Barro nació el 1 de octubre de 1947 y se fue -en tren no- antes de cumplir los 42. Seguro que no estaba pensando en "rodalies" cuando le cantó a "O tren".
El
seient del costat
Vaig
pujar al tren amb una maleta petita i quaranta anys de retard.
A
l’altra banda del passadís, una dona dormia contra el vidre. La trena. Les
mans. O potser només era la llum.
Quan
va obrir els ulls, em va mirar un instant massa llarg.
—Perdoni
—vaig dir.
Ella
va somriure. Res més.
Quan
el tren va vorejar el Miño, vaig treure una fotografia antiga de la cartera. Al
revers, una frase:
«Et
vaig esperar fins a l’últim tren.»
En
aixecar el cap, el seient del davant era buit.
No
vaig saber si acabava de perdre-la o de recordar-la.
Quizá lo que ha cambiado no es la edad, sino la manera de vivirla. Setenta años ya no caben en un papel escrito de antemano. Y menos mal.
ResponderEliminarLa música me encataaaa
ResponderEliminarSupongo que ya la conocías!
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