APAGÓN INTERIOR
Siempre he tenido miedo a la
oscuridad.
No a la falta de luz, sino a lo
que venía con ella.
De niño, en cuanto se apagaba la bombilla del pasillo, desfilaban sombras con dientes demasiado largos, manos sin cuerpo, susurros pegados a mi nuca.
Crecí aprendiendo a dormir con una lámpara encendida, como otros aprenden a rezar. La luz era mi excusa para no enfrentarme a nada.
Aquella noche, el edificio
entero se quedó sin electricidad.
Ni lámpara, ni móvil, ni pantalla de ordenador.
Solo un clic seco, un zumbido que murió y luego… nada.
Me quedé quieto en la cama,
esperando el desfile de horrores.
Esperé los pasos imaginarios en el pasillo, las risas rotas detrás de la puerta, el aliento helado en mi oreja.
No vino nada.
No vi ojos brillando en la
esquina.
No oí voces, ni lamentos, ni siquiera el crujido habitual de la madera.
No sentí frío. Ni angustia. Solo un silencio espeso, sin bordes.
Tanteé la oscuridad con la
mano, como si pudiera tocarla.
Estaba ahí, pero era neutra, casi indiferente.
De pronto lo entendí: los
monstruos no se habían ido.
Simplemente ya no necesitaban la oscuridad.
Vivían dentro de mí, cómodos, a plena luz del día.
Y por primera vez, lo que me dio auténtico miedo no fue no ver nada… sino darme cuenta de que, incluso a oscuras, sigo sin poder escapar de mí mismo.
«Todo orden político está en función de una idea de perfección humana; cuando esa idea se pierde, el Estado se reduce a pura maquinaria de poder» (Hace mucho tiempo que no se busca la perfección. Es aburrida porque no tienes nada que mejorar. Por eso l@s polític@s se divierten tanto. La frase es de Francisco Javier Conde García que nació el 3 de diciembre de 1908)
A los 75 años que cumple el cantante del grupo hoy, ya no tiene esa cara de niño, a no ser que sea una ser excepcional como el que suscribe que, además, no tiene abuela. Bueno, el del vídeo, tampoco.
Contra tot pronòstic
Quan tothom va plegar veles, nosaltres vam comprar bitllets d’anada. Deien que érem massa grans, massa tard, massa lluny del que tocava.
Tu vas fer la maleta amb tres samarretes i totes les teves cicatrius. Jo, amb un parell de llibres i la por plegada dins del necesser.
A l’aeroport es va esguerrar el vol, el sistema, el món sencer. Ens vam mirar i vas dir: “Doncs anirem caminant”.
I, per primer cop, vaig creure de debò aquella vella cançó: que mentre diguis “venim junts”, res ens podrà aturar.
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